
PERDÓN VENEZUELA
Por Raúl García Sánchez | Vocesenlucha
«Contarles sin embargo que esta no es solo tierra de imperios y coronas… Empapadas están estas tierras de sangre de las Brigadas Internacionales, de la guerrilla del maquis…»
21 de abril de 2026 | Foto: Ayuntamiento de Madrid
En 2015 tuvimos la oportunidad de visitar en varias ocasiones a presos políticos de un caso emblemático en América Latina. No hablamos de dizque políticos presos vinculados a la burguesía venezolana, sino de presos campesinos por luchar por la tierra. Tampoco hablamos de Venezuela, sino del Paraguay, país olvidado que salió a la palestra mediática en 2012 por la conocida como masacre de Curuguaty, montaje político que dejó un saldo de 11 campesinos muertos, 6 policías y numerosos detenidos y sirvió como excusa para dar el golpe de estado parlamentario al presidente progresista Fernando Lugo.
Durante los más de dos meses que trabajamos en Paraguay, visitamos la tenebrosa cárcel de Tacumbú alrededor de una decena de veces. Nunca olvidaremos el último día, cuando nos despedimos en su celda del preso político Rubén Villalba, afortunadamente en libertad desde 2018, absuelto junto a sus compañeros del caso. Rubén, con lágrimas en los ojos, nos pedía perdón en esa última visita. No entendíamos nada. ¿Perdón por qué?, le preguntamos sorprendidos. “Perdón por no haberles podido mostrar un país diferente”, contestó emocionado. Bajo el calor tórrido de la tierra del tereré, nos quedamos helados. Ese día, Rubén Villalba nos dio una lección de responsabilidad, conciencia y ética política.
Es por eso que, ante el espectáculo en la Puerta del Sol de Madrid del pasado sábado 18 de abril de 2026, no he podido dejar de recordar aquellas palabras de Rubén. Y por tanto de sentir vergüenza de mi propia tierra y de mí mismo. Vergüenza traducida en un dolor profundo por no haber tenido la capacidad de hacer de estas tierras un lugar mejor. Por no haber logrado alcanzar la rosa blanca que cultivaba Martí.
Queriendo como queremos a la República bolivariana de Venezuela, que tanto ha aportado y -pese a quien le pese- va a seguir aportando a la lucha de los y las oprimidas de la tierra, el dolor, parafraseando a Vallejo, duele doblemente.
¿Cómo calificar lo sucedido en el epicentro del Reino de España durante la concentración de apoyo a María Corina Machado? La imagen del mercenario de la música Carlos Baute alentando a corear “fuera la mona”, refiriéndose a la Presidenta encargada de Venezuela Delcy Rodríguez, y los manifestantes siguiendo el coro sin rubor solo devela el carácter de la corriente que representan. Racistas, supremacistas, clasistas o misóginos, calificativos merecidos pero que no terminan de caracterizar al conglomerado para el cual trabajan. Imperialismo, colonialismo, capitalismo o patriarcado son categorías más certeras.
La originalidad no figura entre las virtudes de los nuevos “libertarios”. La comparación de las dirigencias venezolanas con simios comenzó desde que el comandante Chávez tuvo la osadía de optar a la presidencia. Para la burguesía dependiente venezolana y sus amos extranjeros, era inaceptable que un “pata en el suelo” les arrebatara su cortijo para ponerlo al servicio de las desposeídas, de los “tierrúos”. El insulto contra Chávez de “gorila” o “caudillo bananero” fue recurrente desde el circo mediático español. Chistes que también salieron de la boca de conocidos presentadores “progresistas”. Los epítetos despectivos continuaron hacia el Presidente Nicolás Maduro, hoy secuestrado en EEUU, y se extienden al pueblo trabajador. Como señala la periodista venezolana Madelein García, “no le están diciendo mona a la presidenta encargada de Venezuela Delcy Rodríguez nada más, es a todo un pueblo, a todo un país, que es mestizo”. Animalizar al otro, bestializarlo y deshumanizarlo es una vieja tradición del poder colonial para legitimarse que sigue tan viva como vivo sigue el colonialismo. Veamos si no Palestina.
A la concentración de marras no acudió solo la “diáspora venezolana”, mucha de la cual fue inducida a migrar por la guerra económica que impulsaron las élites a las que hoy acompañan. A su lado, lo más rancio de la tradición españolista, con raíces franquistas de pura cepa.
En su visita, María Corina se reunió explícitamente con sus pares ideológicos: Vox y PP, herederos directos de la España “petrificada” de “cerrado y sacristía”. Así, la flamante premio Nobel de la paz posó feliz con el caballero medieval Santiago Abascal o la presidenta de la “libertad” Isabel Díaz Ayuso, de quien recibió la Medalla de Oro de Madrid durante lo que medios hegemónicos calificaron como un “baño de masas” en la Puerta del Sol, para a continuación corresponder a su “amiga”, afirmando que “también le vamos a dar las llaves de Caracas muy pronto”.
Si Corina no se reunió con el presidente Pedro Sánchez no fue por voluntad del gobierno, lejos de desmarcarse de su pasado reciente de injerencia contra Venezuela. Recordemos cuando en 2019 Pedro Sánchez dio un ultimátum a Nicolás Maduro y reconoció al autoproclamado Guaidó o cuando en 2024 exigió las famosas actas y recibió como un “héroe” al escudero Edmundo tras facilitar la operación teatral de su salida y “asilo” en España. Fue la propia Corina, fiel a su amo Trump y bajo la actual coyuntura, quien rehusó el encuentro con Sánchez. “Las puertas de la Moncloa están siempre abiertas para ella, como hemos hecho con Edmundo González y Leopoldo López”, sentenció el presidente. Ofendido, el ministro de exteriores tilda de “falta de respeto” hacia las instituciones españolas el desplante. Hay quien no quiere ver que estos sectores representan la derecha más extrema de Venezuela, de tinte neofascista, nada que envidiar a Milei, Trump, Bolsonaro o el propio hidalgo Abascal. En los historiales de Corina o Leopoldo abundan razones legales para estar en prisión. En el mundo al revés, es Nicolás Maduro quien se encuentra secuestrado en una prisión gringa.
Por tolerar todo esto en nuestro suelo, perdón Venezuela. Perdón por permitir que el terruño castellano se convierta en pasto, refugio y casino del lobby antibolivariano, que bien podemos llamar antivenezolano; poco de venezolano tiene quien en sus objetivos políticos prioriza vender el país a intereses extranjeros, o quien pide una invasión militar contra su propio pueblo. Perdón por no haber podido evitar que la burguesía venezolana se mueva por Madrid como el poder cubanoamericano -anticubano y antilatinoamericano- lo hace por Miami. Perdón por no habernos arrancado del pecho, el vientre y la solapa la nostalgia de imperio. Perdón por tener todavía marcado en nuestro ADN, a fuego de espada y cruz, el racismo colonial. Perdón, en lo que nos toca, por haber perdido la guerra de España. Perdón por no haber logrado derrotar al franquismo, ni en vida del dictador ni una vez muerto y enterrado. Perdón por haber cambiado ruptura democrática y popular por transición pactada desde arriba. Perdón por tantas décadas de alternancia pseudodemocrática. Perdón por haber sucumbido -por ahora- a la domesticación diseñada por nuestros opresores, esos que siguen queriendo oprimirles a ustedes. Perdón por haber contribuido, desde la derecha y desde la aparente izquierda, a tantos años de guerra multidimensional contra la República bolivariana de Venezuela.
Contarles sin embargo que esta no es solo tierra de imperios y coronas, no es la “una, grande y libre” tan anhelada por el franquismo y sus continuadores. Existen en estos lares territorios diversos, pasado y presente de pueblos y naciones en lucha. Son estas también tierras de quijotes, de comuneras y comuneros que se alzaron contra la España imperial de Carlos V, de insurrecciones campesinas, de empecinados y malasañas, guerrilleras y guerrilleros que dieron su vida luchando en la guerra de independencia contra la ocupación francesa, de rebeliones y revoluciones, de rebeldes y revolucionarios. Tierras de lorcas y machados, de andreus, durrutis y pasionarias -con sus inmensos dolores y contradicciones- de caballeros y negrines, de companys y blasinfantes, de combatientes de la talla de Miguel Hernández, el poeta del pueblo. Son estas las tierras del “no pasarán” y del “resistir es vencer”. Las de la revolución de Octubre del 34 y de los heroicos mineros asturianos. De cigarreras, luzdivinas y “mujeres enlace”. De luchadoras y luchadores vascos y catalanes, andaluces y gallegos, cántabros y aragoneses, castellanos y extremeños. Empapadas están estas tierras de sangre de las Brigadas Internacionales, de la guerrilla del maquis. Son estas también tierras del exilio, de mujeres y hombres que siguieron peleando, en otras latitudes, por la misma causa.
Estas luchas por la independencia, la soberanía y la dignidad, albergan, sí, contradicciones profundas y dolorosas. ¿Qué proceso no las tiene? Solo existe una más dolorosa que no haber alcanzado la rosa blanca de Martí: encontrarnos, en este minuto, tan lejos de hacerlo. Es imposible sin embargo que ese legado no viva en estos pueblos de tanta diversidad amordazada, de tanto hierro en las manos y tantos yugos en la espalda. Es desde esta orilla de la historia que nos atrevemos a decir: perdón Venezuela. A ese perdón por no haberlo logrado debemos añadir las palabras de otro cultivador de rosas blancas: “por ahora”.
Perdón por último, Venezuela, desde la orilla de la izquierda internacional que no ha sabido entender la profundidad, el vigor, la creatividad y las enormes posibilidades de ese proceso popular que Chávez abrió rescatando la historia insurgente venezolana y de otros pueblos para construir un camino propio.
Hoy, cuando tantas voluntades, con buena o infame intención, algunas cercanas, gente valiosa y querida, hacen leña de la gravísima situación por la que pasa Venezuela, no podemos dejar de recordar a Rubén Villalba. Llevar sus palabras al plano internacionalista nos incita a preguntarnos si hacemos lo suficiente por el pueblo venezolano, si hacemos lo suficiente por el pueblo cubano. Aplicar la lección del campesino paraguayo al internacionalismo pone en el foco nuestra praxis y cuestiona qué podemos hacer para cuidar la rosa blanca que sí supieron cultivar estos pueblos.
Hoy, bajo un repliegue estratégico y en un contexto de inédita intervención por parte del imperio estadounidense, estamos convencidos, porque conocemos sus entrañas, que -pese a quien le pese- el proceso bolivariano, popular y comunero sigue vivo y en pie de lucha. Las dudas son humanas. La historia nos dará la razón.
Raúl García es maestro, antropólogo y comunicador de Vocesenlucha





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