Por Guillermo Cieza

«Todas esas rebeliones pluriétnicas, que desmienten el mito eurocentrista de las revoluciones blancas, tuvieron una continuidad en el siglo XIX, pero mejor suerte.»

25 de mayo de 2026 | Fuente: Huella del Sur

Las oportunidades históricas no crean las revoluciones. Las revoluciones las hacen quienes, sostenidos en un acumulado previo, tienen la audacia de aprovechar las oportunidades históricas. La revolución de mayo de 1810, nos ayuda a reflexionar sobre este tiempo que nos toca vivir.

La invasión, apropiación y colonización de América no fue una tarea fácil para los ejércitos europeos que llegaron al continente después del primer viaje exploratorio de Cristobal Colón. Hubo resistencias y tambien territorios que nunca pudieron ser conquistados como fueron el corazon de la selva amazónica, las tierras más australes del cono sur, y el gran Chaco. Sin embargo, a fines del siglo XVI ya había limites que determinaban que la porción mayor de pueblos originarios vivía en territorios bajo el control colonial, y que quienes sobrevivían como pueblos libres eran minoritarios. Esta nueva situación no anuló la resistencia. Pueblos originarios dentro de los límites administrativos coloniales se siguieron rebelando. En 1560, Juan Calchaquí se enfrentó a la invasión española. En esos mismos valles andinos, 80 años después, cuando ese territorio ya estaba integrado a la administración colonial, se produjo la rebelión de Juan Chalimín.

En el siglo XVI, estas rebeliones agregaron nuevos componentes, al sumarse negros esclavos que huían de las plantaciones. Y, a partir de allí, casi todas las rebeliones en los territorios coloniales, entre los siglos XVII y XVIII, fueron pluriétnicas. En algunas oportunidades lideraban los africanos, como el Negro Miguel que se alzó en Yaracuy en 1553. O Toussauint Louverture, que lideró la primera revolución haitiana, en 1791. En otras, mulatos como Jose Leonardo Chirino, alzado en Corro en 1795. Y como es de suponer, líderes originarios como el guaraní Sepé Tiaraju, que enfrentó a españoles y portugueses en 1754; y José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, insurreccionado en 1780. Pero, también hubo líderes que eran blancos de orilla (españoles o criollos no oligárquicos), como José Antonio Galán, líder de los comuneros colombianos.

Todas esas rebeliones pluriétnicas, que desmienten el mito eurocentrista de las revoluciones blancas, tuvieron una continuidad en el siglo XIX, pero mejor suerte. La gran diferencia es que enfrentaron un enemigo debilitado en particular en España, por la invasión Napoleónica. Si siglos atrás, hoguera que ardía era apagada a sangre y fuego por las fuerzas imperiales, no sucedió lo mismo cuando los sucesos europeos, distrajeron la atención y los opresores aflojaron el control. A modo de ejemplo, en 1810 estallaron revoluciones en Caracas, en Buenos Aires, en México, en Chile. Un año después el Paraguay se declaró independiente, y se desplazó al virrey De Elío de Montevideo. La respuesta de la corona española llegó recién cinco años después con la Expedición Pacificadora, liderada por el general Pablo Morillo, que tenía como destino llegar al Río de La Plata, y se quedó a mitad de camino, desmbarcando en la Isla de Margarita para enfentar a los ejércitos de Simón Bolívar.

Los procesos revolucionarios que se produjeron en el continente fueron diferentes. Algunos alcanzaron una gran radicalidad como los procesos haitiano, paraguayo, o artiguista. Otros, fueron formidables en su accionar militar libertador, pero se quedaron sin fuerzas para cumplir sus sueños de países gobernados con “la mayor suma de felicidad posible”. La cita es de Bolívar.

En todos los casos, la oportunidad histórica de liberarse de la opresión colonial y recuperar su soberanía fue aprovechada. Después, cada cual tomó su rumbo, se establecieron nuevas colonialidades y saqueos, etc.

Todo lo anterior viene a cuenta de reflexionar sobre el lugar y el tiempo histórico que nos ha tocado vivir, cuando estamos transitando un poco más del primer cuarto del siglo XXI. Y la primera reflexión es que, a la crisis del sistema capitalista mundial, se ha sumado el ocaso de las potencias occidentales dominantes, en particular Estados Unidos, que han ejercido una fuerte afectación a nuestra soberanía. El ocaso indiscutible del imperio que nos oprime y ha estado pendiente de sancionar, amenazar, bloquear, saquear y desarrollar una guerra cognositiva contra nuestras comunidades es una buena noticia. La mala, es que en su repliegue defensivo está tratando de acentuar el control sobre su territorio cercano, Nuestramérica. Y está dispuesto a defender cada pieza que le queda como si fuera la última. En ese lugar en el mundo hemos quedado. Intentando trazar un paralelismo histórico, estamos más cerca de los tiempos de Tupac Amaru II, que de los tiempos en que en distintas capitales del continente surgían Juntas rebeldes de Gobierno.

Es desde ese nuevo escenario que se puede entender un poco más por qué el gobierno de Trump se animó a promover un operativo de secuestro del presidente y del gobierno en Venezuela que, por ahora, parece exitoso. Por qué tanto énfasis en arrasar con Cuba, o por qué se asignan fondos y se crean nuevos instrumentos y operativos, como los denunciado en el Honduras Gate, para trabajar en la desestabilización de gobiernos como el de Colombia o Méjico.

Seguramente, este repliegue de Estados Unidos y sus socios va a generar mayores espacios y condiciones en otras partes del mundo para que surjan nuevas rebeliones. No me parece conveniente, trasladar ese optimismo a nuestras tierras. Desde ese contexto, que luce emporcado, podemos registrar el hecho que las élites locales le han picado el boleto al presidente Milei y su troupe de impresentables. También, podemos imaginar que Trump puede perder las elecciones de medio término y pueda debilitarse.

Si los grandes poderes capitalistas, prescindieran de personajes como Milei o Trump, puede levantarnos la autoestima, pero no va a cambiar el contexto y el rumbo adoptado. Es dificil imaginar que, en la Argentina, el festival de entregas y quita de derechos, sea continuado por una kermesse de recuperación de lo perdido. Y que las administraciones estadounidenses, renuncien a la agresividad de los que van declinando.

Se están viviendo tiempos muy duros y pueden venir peores. Son tiempos que nos van exigir mucho más de nosotros mismos y sobre todo, que tengamos mucha disposición a escuchar, a dialogar. Será necesario comprender que la resistencias no van a ser prolijas, pero igual vamos a tener que seguir apostando a respuestas masivas y grandes consensos populares.

En estos tiempos de resistencia, reivindicar lo común y lo plebeyo, parece ser una condición indispensable. Los esencialismos, de cualquier tipo, son funcionales a la dominación. A Tupac Amaru, lo difamaron por no ser “indio puro”, y lo excomulgaron por no ser “buen cristiano”.

Si no hay memoria histórica, no habrá resistencia con futuro.