«No nos corresponde la diplomacia, sino el internacionalismo, esa práctica rebelde ejercida por los pueblos a lo largo de la historia que trasciende a los Estados y no está hecha para negociar, sino para fomentar procesos de liberación, desde abajo y entre iguales»

18 de abril de 2026 | Fuente: ALAI

Cambio de época

Actualmente existen suficientes indicios para afirmar que estamos en una transición epocal. Los sucesos más recientes como el corolario trumpista a la Doctrina Monroe, el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, la nueva ofensiva contra Cuba, el genocidio en Palestina y la resistencia de ese país, la Guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y el eje de la resistencia, son los sucesos más inmediatos y evidentes de algo más profundo que está ocurriendo en las estructuras de la sociedad.

Las formas en que se configuraba el orden capitalista global se derrumban, sin que esto signifique el fin del capitalismo. Dentro de los rasgos estructurales de este cambio epocal señalamos los siguientes: 1) La incapacidad de los Estados para frenar o contrarrestar la devastación ambiental, viviendo ya un tiempo marcado por los impactos sociales del calentamiento global 2) Los indicios de una estanflación económica de inéditas magnitudes 3) La imposibilidad de sustituir el patrón de combustibles fósiles con energías alternativas en medio de guerras por petróleo y de un consumo irracional de energía 4) La falta de confianza en la política y la ausencia de formas legítimas y eficaces de velar por el bien común 5) La incapacidad de los Estados para garantizar el derecho de existencia de las generaciones futuras 6) La disolución de la certeza de que el trabajo y la educación permiten el ascenso social y la superación personal y humana 7) La incapacidad de los Estados para garantizar las condiciones mínimas de reproducción de la fuerza de trabajo 8) El predominio de la necropolítica por sobre la política 9) La proliferación de las guerras como guerras totales y permanentes a todas las escalas de la vida 10) El fin de la ONU y la Corte Penal Internacional como mecanismos interestatales capaces de arbitrar la relación entre Estados 11) La decadencia del imperialismo norteamericano y las guerras por su supervivencia 12) La emergencia de una multipolaridad no anticapitalista 13) La posibilidad del fin del patrón dólar ante la guerra en el este de Asia 14) Las aceleradas transformaciones culturales, producto de la Inteligencia Artificial, que alteran las formas de pensar e interactuar entre humanos.

Problemas de la acción política

Ante ese escenario que ocurre a un ritmo sumamente acelerado que dificulta construir puentes intergeneracionales, los movimientos populares nos vemos obligados a repensar nuestras formas de organización y acción, para hacer que este cambio epocal pueda tener otro destino que no sea el de la aniquilación humana.

Venimos de una tradición que nos planteó leer los tiempos como crisis. Nuestros diagnósticos inician siempre identificando el momento de la crisis como el último, el más grave, el más agudo. La explicación general de una crisis multidimensional o civilizatoria nos ha ayudado mucho para comprender cómo todos los órdenes de la vida social deben ser cambiados, pero tenemos que ser más cuidadosos a fin de que dicha caracterización no pierda sentido.

Consecuentemente, tenemos que tener claro que lo que solemos llamar crisis civilizatoria es propio de la modernidad capitalista occidental y no de lo humano en general. Por ende, desde occidente, la superación de esta crisis reclama una liberación y refundación de nuestro propio proceso civilizatorio. Nuestras bases están en los pueblos originarios y en las prácticas anticapitalistas que se han forjado a contracorriente de la civilización dominante. Se trata de asumir la primacía de lo político como base del cambio social, pero tomando distancia de la política tal cual se ejerce en el terreno de la modernidad capitalista.

En las últimas décadas, una tendencia prevaleciente en los movimientos populares fue apostar a la lucha política en los marcos establecidos por la burguesía. En algunos casos se abrieron grietas y se lograron mejoras sociales, pero predominantemente a costa de renunciar a la organización autónoma. Sus políticas favorables a los sectores populares se basaron en la individualización de los programas sociales, financiarizando los apoyos, desarticulando la organización popular y saqueando los bienes naturales.

Obnubilados por el llamado “giro progresista” se extendió la confianza en que, después de ellos, vendríamos nosotros. Sus actuaciones, contrarias a lo esperado, fueron leídas por los sectores populares como una traición y no como el problema de una correlación de fuerzas adversa, según quisimos justificar. Se hizo poca crítica de los gobiernos antineoliberales por temor a hacerle juego a la derecha. No logramos captar las formas en que el capital se reorganizaba para arremeter con más fuerza. Por ende, después de ellos, regresó la derecha o la ultraderecha con rostros aggiornados.

Limitando la reflexión a la extensión posible en estas páginas, señalamos la necesidad de generar espacios de debate que abunden en torno a esto. Por ahora, damos un giro en el texto para apuntalar algunos desafíos para la acción de los movimientos populares frente a este gozne histórico. Los consideramos apremiantes, aunque sin duda, no son los únicos.

Desafíos para la acción

Hacer sólo política institucional sí nos permite acumular fuerzas, pero no creer que con ella lograremos cambios sustantivos. Aunque las personas participan en las elecciones, no van en busca de una alternativa, sino resignadas a elegir el mal menor, lo asumen como un intercambio mercantil más, votan para recibir algo a cambio. En estos espacios corremos el riesgo de poner nuestra fuerza al servicio de un proyecto distinto al nuestro.

Polarizar la política desde la lucha de clases. Nos espanta la polarización. Repetimos los credos liberales de que la política debe ser el justo medio, pero para la izquierda siempre ha sido clave hacer evidentes las contradicciones de la sociedad, construir un polo propio para quebrar los equilibrios de poder burgueses y construir un proyecto de cambio radical desde la clase opuesta.

Desonenegizar a los movimientos. La necesidad de obtener recursos nos llevó a amoldar nuestros discursos a los financiadores y a consumir privilegiadamente los materiales de quienes logran tener recursos para difundir sus ideas, casi siempre gracias a financiadores con objetivos distintos a los nuestros. Necesitamos formas de generar recursos propios, pero también valorar más el trabajo que se hace sin recursos, alentarlo y reconocerlo como una fuente de valor anticapitalista.

Anteponer el internacionalismo a la diplomacia. Erróneamente, en el terreno internacional hemos actuado muchas veces imitando las formas diplomáticas. La diplomacia es propia de los Estados y la hacen para negociar en condiciones de fuerza entre ellos. Las iniciativas de los últimos años como CELAC y ALBA son muy importantes, son parte de un acumulado cultural de los pueblos, pero estamos obligados a replantear cómo incidimos en ellas en tanto movimientos. No nos corresponde la diplomacia, sino el internacionalismo, esa práctica rebelde ejercida por los pueblos a lo largo de la historia que trasciende a los Estados y no está hecha para negociar, sino para fomentar procesos de liberación, desde abajo y entre iguales.

Repensar lar formas de lucha y combinarlas creativamente. Es evidente que hoy no existen condiciones para la lucha armada, pero la lucha electoral ha mostrado también su incapacidad para lograr cambios sustanciales, sobre todo cuando ella es determinada cada vez más, por poderes fácticos del capital. Tenemos que defender la paz y garantizar la existencia de nuestros procesos, pero sin hacer concesiones a un pacifismo pasivo y desmovilizador. Tampoco podemos promover la violencia en una población agobiada por el terrorismo de Estado. Tenemos que redefinir rumbos creativos que partan de la desobediencia a las leyes de la política burguesa y a la violencia del capital.

No somos influencers, somos organizadores populares. Hemos sacrificado mucho las formas de organización populares tratando de emular a los referentes mediáticos dominantes, olvidando que el impacto que ellos tienen es, en gran medida, producto de ser consecuentes con el capitalismo bajo sus códigos culturales y su patrón tecnológico. Sin renunciar a las herramientas tecnológicas, tenemos que priorizar el encuentro, el pensamiento crítico y las formas de organización popular. El valor de un encuentro cara a cara, de ocupar las calles con una movilización es más trascendente que el que se gana con “likes” y “repost”, aunque sea más difícil concretarlo.

No apostar a fomentar el miedo por el avance del fascismo, sino la esperanza de que podemos derrotarlo. Sin duda vivimos tiempos muy duros, el temor permea en los sectores populares, pero resulta iluso creer que el temor va a movilizar a la gente, porque el fascismo avanza difundiendo el miedo. Tenemos que encontrar formas para alimentar la esperanza en que podemos enfrentarle y vencerle.

Recuperar el socialismo como proyecto e identidad. Las tareas que cotidianamente hacemos van en la perspectiva de la acumulación de fuerzas, pero olvidamos concatenarlas y subordinarlas al proyecto de cambio. La fuerza y el proyecto tienen que estar unidos en una estrategia para poder ser. También para evitar que otros proyectos se apropien de nuestra fuerza. En esto tenemos que recuperar la tradición del socialismo latinoamericano y caribeño. Ninguna región del mundo como la nuestra logró tener tantos aportes en ese sentido en los últimos doscientos años, pero el colonialismo mental contemporáneo, bajo su mote de sur global ha sembrado grandes confusiones entre nosotros.

Defender una política comunal. No se trata de una moda, sino de los principios civilizatorios de nuestros pueblos originarios y que las revoluciones latinoamericanas han recuperado. Tenemos que rescatar primordialmente esta práctica política que, de suyo, es la base de una propuesta civilizatoria alterna. Implica asumir una política que pone en el centro el cuidado de lo común (humano y natural), una forma de poder arraigada a los territorios y la recuperación de las prácticas populares para enfrentar los problemas, llegar a acuerdos, delegar tareas y ejercer poder en lo inmediato, sin postergar los cambios al momento posterior a la toma del poder.

Debemos combinar autonomía, rebeldía y revolución en un solo proceso. Predominó mucho en la tradición de izquierda que teníamos que optar entre reforma o revolución, casi siempre nos inclinanos por las reformas, aunque los revolucionarios que admiramos nunca asumieron este par como contrapuesto. Aprovecharon la vía reformista cuando pudieron, pero siempre fueron revolucionarios.

Ante el cambio epocal, sin renunciar a la posibilidad de reformas, debemos privilegiar, como parte de un mismo proceso, la creación de autonomías –políticas, económicas, culturales e ideológicas, la rebeldía –como la práctica subversiva ante los dictados del capital en todos los órdenes de la vida– y la revolución social y total, como el proceso que han ido afinando los oprimidos, dominados y explotados de todos los tiempos para acabar con todas las formas de dominación.

De las luchas dependerá que a la distancia rememoremos este cambio epocal como aquel en que, pese a los diagnósticos dominantes, los pueblos peleamos y cambiamos el rumbo de la historia.

Magdiel Sánchez Quiroz es filosofo y latinoamericanista mexicano, integrante del colectivo Casa Tecmilco