
DESTRUIR SUENA A DOLOR SIEMPRE
Por Vocesenlucha
«Es lunes 10 de agosto, el reloj marca la una de la tarde y no hay una nube en el cielo. La estrella enana amarilla que amenaza con devorarnos absorbió ya hace días todas las reservas acuíferas que pudiera conservar Albacete.»
Destruir suena a dolor. Suena a dolor siempre, incluso cuando lo que se destruye es un cáncer. Arrancar del espacio algo o a alguien implica ejercer una fuerza contraria a ese algo o a ese alguien. Como fuerza contraria al estado de actividad y/o reposo implica una violencia para con ese algo o ese alguien. Y la violencia duele.
Esta reflexión viaja a través de los tiempos desde hace milenios generando preguntas de respuesta compleja que nos acercan a una posible razón interminable del destruir. Tratados enteros problematizan la cuestión desde diferentes puntos de vista, consiguiendo que nos cuestionemos -al modo de Max Weber- la existencia de una respuesta única.
Por eso en el aquí y ahora de un año de profunda destrucción, el único alivio que alcanzamos a atisbar es la posterior posibilidad de construir. Construir suena a esperanza, a vida, a humanidad. ¿Quién o quiénes preferirían el dolor a cualquiera de estas?
Ojalá pudiéramos aferrarnos a una posterior construcción al contemplar la maquinaria pesada que destruye las supervivientes instalaciones fabriles de la carretera de las Peñas en la ciudad de Albacete, obligando a cientos de trabajadores migrantes a abandonar la sombra del lugar donde habitan en pleno mes de la canícula.

En el lugar donde antes había una construcción de dos plantas ahora solo quedan los escombros que una excavadora echa a una camión para su retiro.
Es lunes 10 de agosto, el reloj marca la una de la tarde y no hay una nube en el cielo. La estrella enana amarilla que amenaza con devorarnos absorbió ya hace días todas las reservas acuíferas que pudiera conservar la ciudad. Tomamos la carretera de las Peñas para volver a casa, y a pocos metros advertimos una actividad inusual. Un ir de acá para allá inquietante que hace que se encienda la atención.
Los temporeros a pie o en sus bicicletas salen y entran del asentamiento. Decenas de personas acumulan sus pertenencias en las lindes del camino. Otros las arrastran para salvarlas de la perdida. Un coche de policía está parado frente al desastre. Una máquina excavadora levanta toneladas de escombros para llenar un camión dispuesto a desaparecer la ignominia, añicos de estructura de lo que hasta el día de hoy era el hogar de parte de los temporeros africanos que trabajan en los campos de La Mancha.
Detenemos el coche al borde del camino cuando el susto frena para convertirse en rabia. Con el dolor resonando destrucción y con la destrucción resonando dolor nos abrimos camino entre los rostros que sobreviven otro golpe de violencia, marginación y exclusión social. ¿Qué ciudad queremos ser? ¿Dónde está el Albacete de la ayuda humanitaria? ¿Dónde la Cooperación al Desarrollo? ¿Dónde la solidaridad y la justicia social? ¿Somos los únicos que nos preguntamos qué está pasando?
Cuando logramos hacernos comprender y la confianza germina, las palabras salen de la boca. “Lo saben, saben que vivimos ahí. Saben que trabajamos el campo. Lo saben, lo saben. Les da igual. No les importa.”
El alma o lo que sea eso que tenemos por dentro y que nos hace ver la injusticia y rebelarnos nos devuelve una pregunta ¿Esta es la sociedad de siglos de evolución? ¿Dónde está la esperanza, los sueños, la humanidad de esta construcción? ¿Es posible que las sociedades que habitamos sean esencialmente destructivas? ¿En qué y quiénes nos convierte el capitalismo? ¿No hay formas respetuosas de organización social y política?

Una de las entradas al asentamiento desde donde se puede observar la demolición
Nos acercamos con cautela para hacer unas fotos, sabemos que puede tener consecuencias, pero nos avergüenza la cobardía ante tanto dolor, es tiempo de ser valientes, aunque la exposición sea completa. La ausencia de las organizaciones sociales que abanderan esta causa como suya devela una debilidad ¿Por qué las administraciones eligen el mes de agosto para cercenar los tejados? Ya ocurrió en 2020 cuando las naves de Cereales Saltó y Almacenes Roldán, ubicadas en esta misma carretera fueron demolidas en agosto. Otro agosto de destrucción. Destrucción y dolor. Tampoco hay vecinos ni vecinas, ni movimientos sociales, ni jóvenes, ni mayores, ni pancartas de vestigios de resistencia, ni nada. Solo maquinaria pesada, policía y decenas de rostros que suman cientos que reflejan los millones de rostros que “el mundo civilizado” violenta a cada rato. En estas condiciones les preguntamos a los liberales del mundo ¿cómo se puede salir del círculo de la miseria y la enfermedad?
Algunas personas han encontrado un árbol donde detener sus pasos, donde plantar su nueva alcoba. Otras se marchan, no muy lejos, “qué vamos a hacer”. En sus palabras y también en su silencio resuena la bondad originaria de nuestra humanidad, una bondad frágil ante las fauces del sistema, frágil ante la ausencia de liderazgos y organización interna.

Temporeros bebiendo de la fuente de la dignidad que apoya sobre lo que quedó de la demolición de agosto de 2020
Años atrás en este lugar se consiguió construir una fuente, no fue fácil, pero se logró. En ese momento vimos en esa fuente algo así como el hilo que Ariadna tendió a Teseo para no perderse en el laberinto del Minotauro. El hilo de agua de esa fuente permite a los oprimidos del mundo que llegan hasta nuestra ciudad a no perderse ante la barbarie y seguir siendo lo mejor de la humanidad. Porque en esa fuente cada día lavan su sudor centenares de personas, lo sepamos o no, lo queramos ver o no. Esa fuente, de la que cada vez los alejan más, es la vida en forma de agua escapando del Albacete de feria, futbol, toros y aviones de guerra. Un Albacete que no tiene alternativas habitacionales para los trabajadores migrantes de sus propios campos, pero que cuando llega navidad despilfarra en luminarias para la calle Ancha lo que bien podría invertir en opciones de vida digna para hacer humana la humanidad.
Observar la destrucción desde primera línea entumece los músculos. Genera también una especie de resistencia a creer que nos hayan convencido para pensar que no se puede hacer nada; que no se deba hacer nada. La falta de opciones y acciones no es una opción.
Hace mucho calor pero el calor, en estas circunstancias, es el menor de los problemas. «Otro golpe. Son ya muchos. Nunca te acostumbras. Toca volver a empezar»
¿Vamos a naturalizar tanto dolor en el mundo? ¿Vamos a pasar de largo ante la ausencia y violación de los derechos fundamentales? Agosto bien podría ser el mes de construir. Justo ahora cuando las instituciones marchan a medio gas por las vacaciones de sus trabajadores y trabajadoras se pudieran habilitar espacios para pensar «qué hacer». Y encontrar la manera de tener presupuestos para rehabilitar, reacondicionar y construir espacios que dignifiquen a los seres humanos. Porque tratar a parte de la humanidad como animales nos convierte en animales.
Albacete, 10 de agosto de 2026





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