«Antes de finalizar la entrevista, no podemos dejar de preguntarle qué siente una chavista ante el secuestro de su presidente y la primera combatiente».

Desde las 4 de la madrugada tengo un ojo abierto y otro pidiendo descanso. El cambio horario desajusta el sueño, pero en esta ocasión no es solo el cambio horario. Siento una suerte de retorno a lo familiar, a un lugar propio y querido, pero a la vez estoy ansioso por redescubrir Caracas. Con la ilusoria idea de que recorrer sus calles me devolverá un reflejo de lo sucedido el 3 de enero. Con la ingenua sensación de que la vida cotidiana me acercará a una realidad que realmente no hay quien entienda.

Espero a que amanezca saboreando las sensaciones del regreso. El clima fresco de la madrugada, los sonidos mañaneros, el canto desorientado del gallo caraqueño mezclándose con los motores de carros y buses, el olor a café de las ventanas vecinas. En un rato saldré a caminar, comprar algunos víveres y encontrarme con gente buena. Debo tomar una buseta para llegar hasta el centro pero estoy pelado de bolívares. Giovanni me apoya cambiando dólares en el banco para disponer de efectivo. Resultado de la agresión imperialista, paradójicamente el dólar desde hace años se ha normalizado en Venezuela, utilizado con una flexibilidad propia de la resistencia multiforme. Adoptado no por decreto sino como respuesta popular al ataque hiperinflacionario. Aunque habitual y referencia para muchas operaciones, el dólar sigue siendo moneda ajena. Todos aceptan dólares pero nadie está obligado a retornarlos en el cambio. En los comercios cotidianos, sobre todo populares, la moneda de referencia es el bolívar. Para cuestiones como pagar una buseta urbana, la moneda nacional sigue mandando. Tras la reciente subida, el transporte interurbano está en 140 bolívares, el equivalente a un cuarto de dólar. “Los adultos mayores deben pagar la mitad”, me cuenta Giovanni, “pero los chóferes son vivos y tratan de saltarse esa norma”.

Avanzo por el familiar bullicio, subo a la buseta rescatado por el colector que grita desgañitado los destinos, avanzamos por la Avenida San Martín arropados por la música busera y llego hasta el centro. Solo cuando paso por este rito cotidiano de bocinas, cornetas, música, gritos, motores y caos virtuoso sobre el asfalto, siento que de veras he regresado a Caracas.

Me adentro en las calles y la sensación es que aquí no ha pasado nada. Que todo sigue igual que cuando abandoné Venezuela el pasado septiembre. Si no tuviéramos noticias del horror, sería imposible adivinar que esta ciudad fue asediada y bombardeada hace apenas 5 meses. “Hasta las ciudades en guerra continúan su vida”, me comentará Luis Mangrané, quien este año nos acompaña en el periplo venezolano. Se refiere a la guerra convencional. La guerra en Venezuela sigue siendo más cognitiva que convencional, ambas eso sí regidas por la doctrina militar. Las consecuencias de esa guerra no se perciben a simple vista, pero viven incrustadas en la morfología psicológica y espiritual del pueblo.

Por eso hay que ser cuidadoso con las observaciones superficiales. Bajo la aparente calma, suele bullir un océano en llamas. Literalmente, cuando hablamos de las secuelas de un país bombardeado.

Mi primer interlocutor tras aterrizar en Caracas fue Richard, ya amigo, chofer de confianza de un reconocido pensador venezolano que nos hace el servicio de buscarnos en el aeropuerto. Tras ponernos brevemente al día de los avatares personales, le hago una pregunta que será recurrente los próximos meses. ¿Cómo viviste el 3 de enero? “Mira, Raul, eso fue increíble. A mí me despertó ese ruido… Yo al principio pensaba que eran fuegos artificiales, pero luego empezamos a ver la broma en las redes y ahí vemos que están bombardeando. Lo primero fue la preocupación por la familia, comunicarme con ella. El miedo a que la cosa aquí se prendiera y nos metiéramos en una guerra. No, eso fue horrible, Raúl. La gente dice muchas vainas, pero este pueblo no está preparado para luchar contra esos gringos. Nosotros somos gente pacífica. Fue muy doloroso la manera en que lograron llevarse a Nicolás. Yo al principio no lo creía, pensé que era una mentira más de Trump. Pero te digo que nosotros no estamos preparados para una guerra con EEUU”. Este relato, con sus variantes, se repetirá en muchos de los testimonios de gente con la que conversaremos. En los espacios de cercanía y confianza, brotan las heridas, surge la narrativa del impacto y las secuelas del 3 de enero.

Elizabeth Pinto es una mujer comunera y madre de familia residente en Fuerte Tiuna, complejo militar y civil bombardeado el 3 de enero. Su bloque de viviendas es cercano al lugar donde fueron secuestrados el Presidente de la república Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. Fuerte Tiuna actualmente no es solo un fuerte militar, alberga “una zona residencial donde convivimos el sector militar y la parte civil, y eso se llama Ciudad Tiuna”. Durante la presidencia de Hugo Chávez, “a través Misión Vivienda se realizaron en el país una cantidad de lugares residenciales para personas como yo, que no podíamos acceder a una vivienda urbana”. Así se construyeron en Fuerte Tiuna bloques residenciales como el Urbanismo Ezequiel Zamora, “como parte de esas políticas de vivienda como derecho humano”. Hoy en Ciudad Tiuna viven alrededor de 10 mil habitantes y se sigue construyendo.

No nos encontramos con Elizabeth en Ciudad Tiuna sino en la Plaza Bolívar de Caracas, donde nos emplaza para un primer encuentro. Tras una breve conversa montamos las cámaras y comenzamos la entrevista en un hueco libre de los frecuentados banquitos de la plaza, custodiados por la estatua ecuestre del libertador. Es la primera entrevista formal que realizamos en este particular retorno.

Antes de pasar a describir los hechos del 3 de enero, Elizabeth sitúa la invasión en el contexto y sus antecedentes. “Previamente ya había una amenaza militar hacia el país. Nosotros hemos estado amenazados desde hace mucho tiempo. Y de hecho estamos en una guerra que no ha sido bélica, ha sido de otro tipo. Es una guerra multifactorial que comenzó desde que la revolución bolivariana empezó a dirigir los destinos del país, que no es más que la revolución del pueblo. Y eso no ha gustado a los sectores que han tenido poder en otros momentos de nuestra historia, y ha proseguido un proceso de enfrentamiento no solo con el gobierno sino con el pueblo en general”. Continúa con el despliegue de los buques, el asesinato a los pescadores lancheros latinoamericanos en aguas del Caribe, “no solo eran venezolanos”, y la amenaza cada vez más real de una invasión militar. 

“Ya estábamos advertidos por nuestro gobierno bolivariano y por las organizaciones sociales, los movimientos. Sabíamos que en cualquier momento podía venir una situación y como pueblo nos empezamos a preparar, hicimos cuerpos de combatientes de la milicia, que ya habían sido creadas hace tiempo, empezamos a prepararnos como comunidad y como organizaciones populares y realmente muchas personas del pueblo estamos preparados para este tipo de situaciones, pero la sorpresa fue la manera vil, la manera traicionera, la manera con saña en que fuimos atacados. No nos dieron ningún tipo de posibilidad de defendernos porque el ataque vino desde el aire y nosotros como pueblo estábamos preparados para la defensa por tierra”.

Aquella trágica madrugada sorprendió a Elizabeth, como la mayoría de caraqueños, descansando. “Fue realmente traumático pues estamos en nuestras casas la familia, durmiendo, todos los vecinos, vecinas, y de repente llegan unos helicópteros que pasaron por nuestras ventanas, todos lo vimos, no había manera de no verlo, y unas explosiones que pusieron el cielo totalmente anaranjado. Se fue la electricidad, estábamos a oscuras. Mi hijo se levantó y dijo `mamá, nos están atacando´. Veíamos todo anaranjado, yo llegué a ver el celaje de un helicóptero, no nos atrevíamos mucho a asomarnos por la ventana porque no sabíamos qué pasaba, y se escuchaban las explosiones y el sonido que quedó luego. Fueron como dos o tres explosiones fuertes, y ese ruido. Las comunicaciones no funcionaban. Escuchamos a los vecinos gritar: `¡los gringos nos atacan, los gringos nos atacan! ´ y algunos gritaban por la ventana, `¡cálmense! ¡Vamos, vamos! ´. Otro grito, otro silencio, carreras por el edificio, por las escaleras, más la bomba, más un ruido ensordecedor que luego uno se entera que es el efecto que produce cuando lanzan un tipo de armamento de guerra. Pero eso duró mucho rato. Toda mi familia, con mi hijo y mi mamá, que tiene ochenta y ocho años y movilidad reducida, bajamos por las escaleras como pudimos”.

Algunos de los vecinos “salieron corriendo como locos” en sus vehículos, quedando atrapados. “Otros salieron descalzos, sin ropa y algunos decidimos quedarnos en la parte de abajo del edificio porque hubo algo de comunicación, algunos teléfonos funcionaron y empezaron noticias de lo que estaba pasando, que habían hecho ataques en otras zonas también. Que era todo aéreo, que no había nada terrestre, entonces nos recomendaban que nos quedáramos en el sitio y así lo hicimos”. Allí esperaron a que llegara el día. Desde las dos de la madrugada, hora en que “empezó todo”, Elizabeth calcula que duró “dos horas máximo, porque ya lo demás era el sonido ese que seguía y seguía, el sonido que varias noches al dormir escuchábamos porque era terrible, como un huracán que sonaban los oídos. Hay gente que dice que ya había comenzado antes de las dos. Pero yo recuerdo que me levanté en un sonido explosivo, y lo único que pensé fue que se atrevieron”.

Se atrevieron. Ese ataque de guerra convencional en la noche del 3 de enero apuntaló de la manera más canalla la guerra cognitiva desplegada hace décadas contra este pueblo. En el extenso historial de crímenes contra la humanidad de EEUU, pocas veces su propio ejército ha realizado bombardeos aéreos sobre un país latinoamericano. Sus operaciones de injerencia extranjera suelen operar a través de las fuerzas armadas locales. Con la excepción de Nicaragua, El Ocotal, 1927, contra el Ejército de Hombres Libres de Augusto César Sandino y de Panamá, 1989, cuando arrasaron el barrio de El Chorrillo para capturar a Noriega. 2026 incorpora a Venezuela en esa lista de la infamia gringa. Las 150 aeronaves que invadieron y bombardearon objetivos militares, científicos y civiles en La Guaira, Miranda y Caracas dejaron un saldo de 100 asesinados, entre ellos 32 héroes cubanos y otros 100 heridos. De 2 a 3 muertos civiles. ¿Cómo medir la cantidad de personas afectadas? ¿Cuántas víctimas arroja el 3 de enero?

Preguntamos a Elizabeth cómo continuar después de semejante impacto. “Tú tienes una planificación de vida y esa planificación se te derrumba totalmente, tienes que hacer nuevos planes porque no sabes si mañana te van a volver a atacar. Los que estamos con las comunas, los movimientos sociales, el mismo día todos salimos a Miraflores a apoyar. Allí me conseguí con amigos y amigas que nos abrazaban… Yo llegué ahí fue a llorar. Yo estaba fuerte, yo no lloré durante el momento… Todavía lo recuerdo y me dan ganas de llorar, porque este es un país pacífico, tenemos generaciones que hemos vivido en paz, tenemos nuestras discusiones, pero eso que vive la gente de Palestina, eso que viven otros países, que es terrible y por eso luchamos -afirma tocando su pulsera de Palestina-, haberlo vivido son noches que te quedas sintiendo otra vez la bomba, viviendo todo eso, todo lo que pasó queda en el cuerpo. Sobre todo el temor de que vuelva a suceder. Te cuento y me dan ganas de llorar. Antes lloraba, ya han pasado cinco meses que sucedió y ya lo podemos hablar más. Pero hay gente que a estas alturas… sobre todo tengo en mi mente una madre que tiene su hijo con cáncer y ella todavía ya no ha salido del estrés postraumático”.

¿Y las niñas, niños y adolescentes, cómo viven todo esto? “Los niños imitan mucho a los adultos. Cuando llegaron los internacionalistas a nuestro territorio ellos les echaban el cuento y algunos decían que vieron cómo asesinaron a los soldados que estaban en las alcabalas y cómo se los llevaban, y que ellos no podían sacarse de su mente ver esas personas muertas, los helicópteros, muestran mucho miedo pero a la vez lo enfrentan echando el cuento. Si los padres decimos vamos a echar pa´lante, ellos dicen vamos a echar pa´lante y así se han mantenido”.

Hace una breve pausa y le nace una sonrisa. “Río porque me recuerdo de un niño, una anécdota, cuando uno de los grupos internacionalistas de EEUU fue para mi comunidad a pedirnos perdón en nombre de su país, cuando dijeron que eran norteamericanos un niño pasó con su bicicleta y dijo: `¿Y ustedes no fueron los que nos atacaron?´ Un niño de doce años en su bicicleta como diciéndole `¿Qué haces tú aquí?´ Y ellos le explicaron `sí, perdona, no nosotros, fue el gobierno que realmente no es el gobierno de nadie, es un desgobierno, y estamos muy solidarios con ustedes. Entonces él también empezó a echar su cuento de lo que había vivido y luego se unió a la actividad que estábamos haciendo, participó en la obra de teatro que trajo la brigada y ese día hicimos una tribuna antiimperialista”.

El bloque de viviendas de Elizabet pertenece al consejo comunal Guerreros de Zamora, que a su vez hace parte del Circuito Comunal Ezequiel Zamora de Ciudad Tiuna. Tras los ataques del 3 de enero, decidieron seguir organizándose. “A raíz de todo lo que vivimos, sentimos que no estábamos preparados para ese tipo de situaciones”. Actualmente cuentan con un plan de emergencia contra ataques bélicos y han desarrollado un plan de formación para saber cómo actuar en este tipo de casos. También contaron con el apoyo de la alcaldía de Caracas, que “se portó muy bien en los días posteriores porque llevó jornadas de alimentación, de juguetes para los niños, llevó psicólogos que atendieron a los niños y jóvenes, vinieron las brigadas internacionales y eso ha dado chance de que la gente se desahogue”.

En el tiempo de la inteligencia artificial y las guerras del algoritmo, sobresaturados como estamos de información, donde lo sucedido el mes pasado ya no es noticia y parece que no existió, es un reto construir una conciencia colectiva que dimensione tal violación a la dignidad de los pueblos y tal agresión contra la psique de quienes le vieron la cara al infierno y el horror. Como es un reto en los tiempos del coaching y el pensamiento positivo que la terapia para enfrentar el trauma deje espacio para la digna rabia.

“Hemos tenido sesiones de apoyo psicológico en la comunidad y estamos enfrentándolo. Pero no por ello hemos ni perdonado ni estamos tranquilos de que no ha pasado nada. Sabemos qué pasó y queremos que se haga justicia porque no solo nos lo hicieron a nosotros, se lo han hecho a muchos pueblos a lo largo de la historia, a muchísimos le han hecho esto y después queda todo que nadie sabe nada, que los medios no difunden, como que es por primera vez, y algunos ni se enteran que esto pasó”.

Antes de finalizar la entrevista, no podemos dejar de preguntarle qué siente una chavista ante el secuestro de su presidente y la primera combatiente. “Nicolás Maduro es la expresión del poder popular, que llevó a que él fuera presidente, como lo hizo con Chávez. Esa es la lucha de nuestros procesos históricos. Nuestro presidente no es un rey, como podrán pensar los que todavía tienen reyes y le llaman dictador. No es un dictador, es un hombre y una mujer, ambos de carne y hueso, que han hecho un trabajo de servir al pueblo… Lo único que han hecho es buscar nuestras mejores condiciones de vida, con errores, con equivocaciones, quién no puede tener equivocaciones. ¿Qué gobierno del mundo no tiene no equivocaciones? ¿Qué institución no tiene equivocaciones? Entonces podrán tener muchos errores, pero en el proyecto histórico, ellos han hecho su trabajo. ¿Por qué alguien inocente, alguien que ha apoyado a su pueblo, tiene que estar secuestrado? Es un acto vil, una vergüenza para la humanidad que gente inocente esté en una cárcel, no se lo merecen”.

¿Quisieras añadir alguna cosa?, le comentamos. “Bueno que creo que sí. Hay que decir que todos los pueblos del mundo tenemos que trabajar por la unidad, por nuestros intereses como pueblos, que son el buen vivir, el amor, la solidaridad y que eso sea lo que tome el poder, esa solidaridad, esa unión del pueblo es lo que debe tomar el poder, y para eso tenemos que deslastrarnos de muchas creencias falsas que nos han metido. No importa que tú seas de España, que yo sea de Venezuela, que el otro sea de África o de Perú, tenemos que unirnos y hacer una organización fuerte popular, porque si somos más, ¿por qué no tenemos el poder? Tenemos que pensar todos eso. ¿Por qué tiene que pasarle todas las desgracias a aquellos pueblos y aquellas personas que son inocentes, que no se han metido con nadie? ¿Por qué bombardearon al Chorrillo en Panamá? ¿Por qué bombardean a la gente que no ha hecho nada?

El tremendo testimonio de Elizabeth aviva nuestras ganas de visitar Ciudad Tiuna y conversar con más residentes y comuneros. Por sugerencia de la compañera acordamos que sea el próximo jueves. Sin embargo, un imprevisto nos saca de Caracas un día antes de la cita para no regresar en un tiempo largo. Esa visita tendrá que esperar. Nos embarcamos en un periplo de días rodando sobre carreteras y caminos que nos llevará a conocer valiosas experiencias en comunas campesinas.