«La IA es una herramienta que modela el cerebro y, a diferencia de otras, tiene un carácter totalizante y, por la autoridad que ejerce a su modo, también totalitario.»

18 de junio de 2026 | Fuente La Jornada

Una joven filósofa yoreme hace un planteamiento sobre la inteligencia artificial (IA) que me llevó a hacer una pequeña prueba. 

Antes hay que decir que nuestra mentora advierte que la IA, esa masiva acumulación de textos y datos, está diseñada para repetir lo más conocido, lo que ya de antemano tiene voz, recursos y poder.

https://www.tiktok.com/@indioyori/video/7633733396967034130?_ r=1&_t=ZS-96kJPBKpWdN
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La IA no se siente cómoda con lo extraño o inusual, es decir, con las voces y visiones que no tienen poder, ni recursos, ni son tan conocidas para su parcial visión del mundo que tiene. Y le pregunté qué debía hacer para fertilizar una milpa de maíz, ese sistema complejo de plantas y prácticas asociadas. Y dio de tumbos; primero habló de nitrógeno y otros químicos y, después de un infructuoso recorrido e intercambio de aclaraciones, me recomendó ir a Home Depot. Y me mostró una cantidad de sacos con fertilizante adecuado a diversos cultivos y situaciones, algunos con leyendas en inglés. 

Otro tema interesante en la conversación de india yoreme –como se hace llamar– es que esta tecnología tiene en los hechos criterios de selección que apuntan, además de a marcos legales y manuales corporativos, a los textos públicos en Internet, es decir, literatura académica, en inglés, y occidental. Y allí, el sesgo de quién domina es claro: sólo Estados Unidos publica medio millón (457 mil) artículos académicos al año, la Unión Europea 600 mil, la OCDE 1.6 millones y México 21 mil. Y de ellos no sólo aprende palabras, más bien internaliza una forma de organizar el mundo que prioriza causa y efecto, la eficiencia sobre la ambigüedad, la solución rápida atropellando la inevitable convivencia social y humana con problemas irresolubles.

Enfrentada a saberes no escritos, lógicas comunitarias y democráticas, cuestiones que no exigen resolución, “el sistema no sabe qué hacer con ellos, matemáticamente los promedia o los deja fuera”. Traducida a un algoritmo –como ocurre con su uso en los exámenes de selección en la UNAM y la UAM–, no procesa bien lo inusual, lo distinto, lo inesperado, o lo reporta como una alteración sospechosa. Y esas aspirantes serán “sospechosas” y de antemano sufrirán la tendencia a ser catalogadas como “sospechosas” cuando compitan con decenas de miles que son “estándares”.

Lo más importante, sin embargo, es que la universidad, la escuela, el sistema educativo, con el uso “aprende” e incorpora como propia la visión unipolar de la IA. A pesar de que se repite como mantra salvador que la IA “es sólo un apoyo”, es ella el proceso mismo. Es una herramienta que, como todas, modela el cerebro, pero a diferencia de otras, esta es totalizante y porque tiene autoridad, a su modo, también totalitaria. Es una manera de ver –y con ello reducir a su visión esquemática– toda la realidad. 

No es una manera de hacer, es una manera de ver y luego hacer desde la idea de que lo que vale es lo conocido, no lo diverso; lo eficiente, no lo complejo; lo que se expresa mejor en inglés que en el español indianizado que nosotros hemos construido. 

Y de aquí surge con enorme fuerza la intolerancia a lo diverso, la tendencia a no considerar en toda su profundidad e infinita complejidad tanto la dinámica humana como social. Nacen las bases de un mayor autoritarismo en nombre de la eficiencia que ignora todo aquello complejo y no fácilmente manejable e ignora que la universidad no debe verse como una empresa eficiente y gerenciada –hacer, hacer, hacer para ganar la rectoría general, como ocurre en Xochimilco–, sino como realidades complejas que para transformarse requieren del camino difícil pero indispensable de la amplia participación, y no de un artificio IA. 

Sin embargo, yendo en sentido contrario, en la Metropolitana desde la rectoría general se emite la “convocatoria para presentar proyectos –con la oferta de un millón de pesos a cada uno– que promuevan la incorporación de la inteligencia artificial en el desempeño de las funciones sustantivas de docencia, investigación y preservación y difusión de la cultura, así como de vinculación y servicio a la comunidad universitaria”, es decir, todo y toda la UAM como artificio IA.

Y, en solícito apoyo al general, la rectora Buendía de Xochimilco hoy convoca a los lacustres xochimilcas a aprender de la experiencia del “Tec” en voz de uno de sus especialistas. Mientras, dos jóvenes oaxaqueñas –de Valles Centrales y de Tehuantepec, respectivamente– tienen otra visión: explican que fertilizar es un proceso complejo, herencia comunitaria que se basa en el cuidado, limpieza y balance en el uso de la tierra y no de químicos. Incluye aplicar, si es necesario, lombrices y su líquido, composta, estiércol de conejo o cabra. Es decir, recuperar la tierra misma, no Home Depot. Educar es también sembrar una milpa. Eso es lo real, no artificio, y es algo que crea y recrea, desde abajo, a la institución educativa.