«Venezuela, que no había participado en guerras desde la época de la independencia, en el siglo XIX, fue atacada por el ejército más poderoso del planeta.»

Elisabeth vive en la capital de Venezuela, en un barrio conocido como Urbanismo Ezequiel Zamora, ubicado en Ciudad Tiuna, una de las zonas residenciales construidas durante la Misión Vivienda, impulsada por el expresidente Hugo Chávez. Recuerda que, desde 2018, empezaron a llegar nuevos habitantes, unas diez mil personas, muchas de ellas procedentes de sectores populares y de clase media que, como ella, encontraron un techo digno tras años de dificultades habitacionales. Ella llegó más tarde con su familia y la pandemia retrasó su mudanza definitiva. Desde 2021 vive en este lugar, donde conviven civiles y militares, en lo que antes era un complejo exclusivo de las fuerzas armadas.

La madrugada del 3 de enero, esa coexistencia pacífica estalló cuando comenzaron las explosiones. Elisabeth Pinto despertó con una certeza: “Se atrevieron”. Venezuela, que no había participado en guerras desde la época de la independencia, en el siglo XIX, fue atacada por el ejército más poderoso del planeta. EEUU, que durante años había organizado una guerra económica y mediática contra el país caribeño, decidió unilateralmente y sin aval alguno de la comunidad internacional atacar simultáneamente diferentes puntos de la geografía venezolana, transgrediendo todas las normas del Derecho Internacional y la soberanía del país.

La agresión incluyó ataques contra objetivos portuarios y militares. Además de Fuerte Tiuna, fueron bombardeadas la base aérea La Carlota y la Academia Militar, en La Guaira. Viviendas cercanas resultaron dañadas por la onda expansiva de las bombas y otras, como las situadas en Catia La Mar, fueron reducidas a escombros por impactos directos de los proyectiles. El Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), situado en el estado Miranda, también sufrió graves daños como consecuencia de impactos directos. Las víctimas mortales superaron el centenar entre militares venezolanos y cubanos; entre dos y cuatro civiles figuran entre los fallecidos y el balance de heridos se aproxima a las 90 personas.

“Nos atacan los gringos”

“Nosotros hemos estado amenazados desde hace mucho tiempo; estamos en una guerra que quizás no ha sido bélica, pero ha sido de otro tipo; una guerra multifactorial que comenzó desde que la revolución bolivariana empezó a dirigir los destinos del país y que no es más que la revolución del pueblo. Eso no le ha gustado a los sectores que han tenido poder en otros momentos de nuestra historia y ha proseguido en un proceso de enfrentamiento no solo con el gobierno, sino con el pueblo en general. Primero empezó con una guerra económica, que no ha acabado, continúa; luego, con una guerra cognitiva, que igualmente está presente; y, por último, tenemos esa forma bélica que se inició de manera efectiva el tres de enero”, resume Elisabeth sobre las diferentes etapas que condujeron a la agresión del pasado mes de enero como parte de una guerra prolongada.

“Antes del ataque había amenazas, la llegada de buques, los asesinatos de lancheros en el mar Caribe que intentaron pasar como venezolanos, pero incluían latinoamericanos, y que formó parte de la estratagema que usó el imperio y el personaje del Norte que dice ser el gobierno de Estados Unidos. Esa situación comenzó hace unos dos años. El pueblo en general ya estaba advertido por nuestro gobierno y por las organizaciones sociales, los movimientos, los compañeros internacionales y nuestros amigos del mundo. Sabíamos que en cualquier momento podía venir una situación así y, como pueblo, nos empezamos a preparar con el cuerpo de combatientes y las milicias”, añade.

El medio venezolano Misión Verdad recapitula recientemente: “Entre 2014 y 2026 Washington aplicó un proceso estructurado de asfixia económica sobre Venezuela en distintos niveles de intensidad. Sin embargo, hacia 2025 ese modelo de estrangulamiento adquirió una dimensión física concreta: un bloqueo naval de facto, sanciones secundarias, despliegue militar en el Caribe y una operación sin precedentes que incluyó el secuestro y traslado del presidente Nicolás Maduro a Estados Unidos. La amenaza se percibió como generalizada y de una proporcionalidad más extensa que la década anterior, la cual ya había cobrado miles de vidas por el colapso de los servicios públicos y había provocado una inmensa migración económica. La materialización militar cambió radicalmente las previsiones de años atrás. La lógica de la ”presión máxima“ incorporó la criminalización de la dirigencia chavista bajo etiquetas como ”Cártel de los Soles“ o ”Tren de Aragua“, y la caracterización de Venezuela como ”amenaza hemisférica“, constructoras de un expediente que legitimó, aun en su impronta unipolar, un asedio multidimensional. Lo ocurrido el 3 de enero representó el acto de mayor contundencia militar en la región en un siglo, por la escala y el hardware desplegado. Venezuela fue sobrepasada tácticamente”.

“La madrugada fue realmente traumática. Estábamos en nuestras casas, la familia y los vecinos durmiendo y descansando, y de repente llegaron unos helicópteros que pasaron por nuestras ventanas. Todos los vimos, no había manera de no verlos, y las explosiones pusieron el cielo completamente anaranjado. Eran como las dos de la mañana. Me despertó un sonido explosivo. Mi esposo y mi hijo también se despertaron y él me dijo: ‘Mamá, nos están atacando’”, recuerda Elisabeth, todavía con la voz entrecortada. Desde su ventana alcanzó a ver un helicóptero y un cielo teñido de naranja: “No había manera de no verlo”.

El asalto aéreo fue sorpresivo y, según Elisabeth, “vil y traicionero”. Así describe un ataque ante el que no tuvieron posibilidad de defensa. En los pasillos y escaleras del edificio, los vecinos comenzaron a gritar: “¡Nos atacan los gringos!”. Algunos salieron corriendo descalzos; otros tomaron sus coches y quedaron atrapados en el reducido espacio del urbanismo. Ella, en cambio, decidió bajar con su familia por las escaleras, ayudando a su madre de 88 años, que tiene una pierna fracturada y movilidad reducida. Las explosiones se prolongaron durante aproximadamente dos horas. Finalmente, decidieron no moverse hasta el día siguiente. Un ruido ensordecedor quedó resonando en sus oídos, recuerda. “Varias noches después, al acostarnos, seguíamos escuchando ese sonido como de un huracán”, confiesa.

La excusa y la mentira

Según Elisabeth, el ataque tuvo una coartada falsa: acusar al presidente Nicolás Maduro y a sus colaboradores de pertenecer al supuesto “Cártel de los Soles”, una mentira que, asegura, el propio Gobierno de Estados Unidos terminó desmintiendo después. “Esa fue la excusa para venir a llevárselo, como si ellos fueran la policía del mundo”, denuncia.

El día después

Elisabeth señala el impacto emocional que supone un ataque de este tipo: “La planificación de vida se te derrumba totalmente y tienes que hacer nuevos planes. No sabes si mañana te van a volver a atacar”. Ella, que pertenece al consejo comunal Guerreros de Zamora y participa en tareas de formación, explica que, junto a otros compañeros de movimientos sociales, al día siguiente acudieron a Miraflores, sede del Gobierno, para mostrar su apoyo: “Allí nos abrazaban y todavía me dan ganas de llorar, porque este es un país pacífico. Durante generaciones no hemos vivido guerras, ni bombas, nada; siempre hemos vivido en paz, aunque tenemos nuestras discusiones y problemas de seguridad”.

El trauma y un pueblo que sigue pa’lante

Pero lo que Elisabeth no olvida es el miedo: “Eso que vive la gente de Palestina, que viven otros países, de verdad es terrible. Nosotros siempre habíamos vivido en paz. Tenemos nuestras discusiones, problemas de seguridad como en cualquier sitio, pero esto… esto fue otra cosa”.

“Durante el ataque no lloré, me mantuve fuerte. Pero después… todavía me dan ganas de llorar al contarlo”, admite. “Eso que vive la gente en Palestina, que viven en otros países, de verdad es terrible”, insiste Elisabeth. Añade que el miedo se queda en el cuerpo, sobre todo el temor a que vuelva a suceder.

En las semanas siguientes, la comunidad recibió ayuda de la Alcaldía de Caracas, que llevó alimentos, juguetes para los niños y atención psicológica. “Eso ha dado chance de que la gente se desahogue”, valora Elisabeth.

Sin embargo, el estrés postraumático no se borra fácilmente. Recuerda el caso de una madre cuyo hijo de quince años padece cáncer. El niño estaba en otra zona de la ciudad esa noche, pero ella vivió el ataque en carne propia y desde entonces no ha podido superar el miedo a morir y dejarlo solo. “Hay gente que a estas alturas sigue en una etapa de estrés postraumático muy fuerte”, comenta.

“Eso es lo que tenemos —resume Elisabeth—. Un pueblo que no se mete con nadie, pero que, cuando lo atacan, se organiza y sigue pa’lante”.

“No nos vamos a mudar”

Cinco meses después del ataque, la pregunta que ronda en muchas familias es si vale la pena quedarse. Elisabeth lo tiene claro: “Esta zona fue construida precisamente porque la gente no tenía recursos para comprar su vivienda. ¿Para dónde nos vamos a ir? Lo que nuestro gobierno y nuestro pueblo hicieron para que los de bajos recursos vivieran aquí no lo va a destruir un imperio que viene a llevarse lo que no le pertenece”.

Para Elisabeth, la captura de Maduro es un secuestro, “una vergüenza para la humanidad que gente inocente esté en una cárcel. No se lo merece, no han hecho nada malo para estar ahí; lo único que han hecho es trabajar por su pueblo, querer al pueblo, defendernos. Eso es lo que han hecho”.

Elisabeth pide justicia no solo por lo que les hicieron, sino por lo que se ha hecho a muchos pueblos a lo largo de la historia: “¿Por qué tiene que pasarles todas las desgracias a aquellos pueblos y a aquellas personas que son inocentes, que no se han metido con nadie? ¿Por qué bombardearon El Chorrillo, en Panamá? ¿Por qué bombardean a la gente que no ha hecho nada?”.