
VENEZUELA: GUERRA COGNITIVA HASTA EN LA COCINA
Por Fernando Buen Abad
«La indignación es presentada como exceso, como fanatismo, mientras la indiferencia se vende como equilibrio. En ese clima, defender a Venezuela se convierte en un gesto incómodo, casi subversivo, porque rompe la armonía artificial de lo diario y obliga a elegir entre la comodidad del consenso impuesto y la incomodidad de la conciencia crítica»
15 de enero de 2025 | Fuente: La Jornada
Invadir a Venezuela y secuestrar al presidente en funciones junto con su esposa, toca a fondo nuestras vidas, porque no es un hecho lejano ni un episodio aislado sólo para entretenernos con noticieros o con análisis especializados; es una agresión que se filtra en la intimidad cotidiana, en las sobremesas familiares, en las conversaciones aparentemente inocentes, en los silencios incómodos y en las frases repetidas como si fueran propias, cuando en realidad vienen prefabricadas por los laboratorios de guerra sicológica.
Allí opera la guerra cognitiva, no solamente como estruendo de bombas, sino como persistencia de sentidos impuestos, como desgaste lento de la capacidad de pensar con autonomía, como ocupación simbólica del lenguaje con el que nombramos la realidad. No se trata sólo de lo que ocurre en el territorio venezolano, sino de cómo ese acontecimiento es utilizado para reorganizar percepciones, emociones y juicios en millones de conciencias más allá de sus fronteras.
Así la guerra cognitiva imperial se “sienta a la mesa” con nosotros, se sirve el café y se disfraza de sentido común. Se manifiesta cuando alguien dice que “algo habrán hecho”, cuando se acepta sin discusión que la intervención extranjera es una forma de ayuda, cuando se repite que la soberanía es un concepto antiguo frente a la modernidad del mercado y las sanciones. Así, el ataque a Venezuela no sólo destruye infraestructura o amenaza instituciones, sino que busca colonizar la conversación diaria, erosionar la solidaridad y fragmentar la posibilidad de una respuesta ética colectiva.
Lo más profundo de esta guerra es que no necesita imponerse solamente por la fuerza directa; le ayuda mucho instalar dudas calculadas, sospechas permanentes y cansancio moral. En la cotidianidad, el debate se agota antes de empezar, porque ya está decidido de antemano qué versiones son creíbles y cuáles son propaganda. Se establece una jerarquía de fuentes donde la dictadura de los monopolios mediáticos habla con autoridad indiscutible, mientras las voces del pueblo venezolano son descalificadas como emocionales, interesadas o irrelevantes.
Esa asimetría no es casual, es el resultado de décadas de concentración mercantil simbólica que han subordinado a múltiples sectores sociales para obligarlos a desconfiar de los pueblos y confiar ciegamente en los imperios. Saben que la invasión a Venezuela toca nuestras vidas, aunque nos percatemos de ello con dificultad, porque pone a prueba nuestra capacidad de pensar históricamente. Obliga a preguntarnos si recordamos las invasiones, los bloqueos, los golpes de Estado maquillados de legalidad, las guerras presentadas como misiones de paz. En la “sobremesa”, la memoria suele ser el primer blanco, se recortan los antecedentes, se aíslan los hechos y se los presenta como anomalías sin contexto.
Así, la agresión aparece como respuesta y no como causa, como corrección y no como crimen. La guerra cognitiva opera, entonces, como una pedagogía del olvido, entrenándonos para no ver los patrones de dominación que se repiten con distintos nombres y excusas. Pero esta guerra también toca fibras emocionales profundas. Divide familias, tensa las amistades, vuelve sospechoso al que pregunta demasiado y ridiculiza al que se indigna.
La indignación es presentada como exceso, como fanatismo, mientras la indiferencia se vende como equilibrio. En ese clima, defender a Venezuela se convierte en un gesto incómodo, casi subversivo, porque rompe la armonía artificial de lo diario y obliga a elegir entre la comodidad del consenso impuesto y la incomodidad de la conciencia crítica. La guerra cognitiva no busca sólo convencer, busca cansar, aislar y desmovilizar. Y es que la invasión a Venezuela, así entendido, es un laboratorio de dominación simbólica que nos incluye como población objetivo.
No somos espectadores neutrales; somos territorio en disputa. Cada conversación es un frente, cada palabra una trinchera, cada silencio una concesión. Cuando aceptamos sin cuestionar que un país puede ser asfixiado económicamente en nombre de la democracia, estamos aceptando una lógica que mañana puede aplicarse contra cualquier pueblo que desobedezca. Por eso, lo que se juega en Venezuela no es sólo su destino, sino el umbral de tolerancia global frente a la violencia imperial normalizada. En la intimidad de lo cotidiano y del pensamiento profundo, la guerra cognitiva intenta convertir la complejidad en caricatura. Se reduce un proceso histórico lleno de contradicciones a una etiqueta simple, fácil de consumir y de rechazar.
Esa simplificación no es inocente, elimina la posibilidad de análisis y remplaza el pensamiento por reflejos condicionados. Defender la capacidad de pensar críticamente sobre Venezuela es, en ese sentido, defender nuestra propia dignidad intelectual, negarnos a ser meros reproductores de discursos ajenos, recuperar el derecho a la duda informada y al juicio propio. Esta invasión a Venezuela y el secuestro del presidente en funciones toca a fondo nuestras vidas porque revela hasta qué punto el poder necesita controlar no sólo territorios y recursos, sino también imaginarios y afectos.
La guerra cognitiva busca que dejemos de sentir como propia la injusticia ajena, que miremos la agresión como espectáculo y no como advertencia. Frente a eso, la tarea ética es resistir en lo pequeño, en la sobremesa, en la conversación, en la pregunta incómoda que desarma certezas prefabricadas. Resistir es negarse a aceptar que la violencia sea normal, que el saqueo sea inevitable, que la mentira sea opinión. Ahora toca asumir que no hay espectadores inocentes y que cada uno debe decidir si será eco o conciencia; informarnos con rigor, romper el cerco de la repetición acrítica; disputar el sentido en cada conversación cotidiana sin soberbia, pero sin concesiones; organizar redes de diálogo y estudio que fortalezcan la memoria histórica y la lectura crítica de los medios; acompañar activamente la solidaridad con el pueblo venezolano desde lo cultural, lo político y lo comunicacional; producir y compartir contenidos que expliquen sin simplificar y conmuevan sin manipular, y convertir la indignación en acción persistente.





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