NEOLÍTICO 2.0

Por Carlos Fernández Liria

“Ante el coronavirus, las personas paran, pero el capitalismo no. Ya se anuncia una nueva crisis económica que tendremos que pagar los que ya pagamos la anterior”.

En su Historia del Siglo XXEric Hobsbawm decía que, a la larga, lo más relevante del siglo no serían las guerras mundiales ni la guerra fría o la crisis del 29, sino algo mucho más insólito desde el punto de visto historiográfico. El siglo XX fue el siglo en el que concluyó el neolítico para el conjunto de la Humanidad. El acontecimiento lo cifraba en los años sesenta, cuando, por primera vez, empezó a haber más población en las ciudades que en el campo.

Durante milenios de neolítico, el ser humano dependió directamente de la agricultura y la ganadería. Y así fue para la mayoría de la humanidad hasta mediados del siglo pasado. Hay que tener en cuenta, también, que gran parte de la humanidad seguía siendo, por aquel entonces, analfabeta. La historia, sin duda alguna, había corrido mucho y muy deprisa, amontonando guerras, conquistas, invasiones y haciendo descubrimientos técnicos pavorosos e impresionantes. Pero no para el gran conjunto de la humanidad, que se había limitado más bien a sufrir todos esos acontecimientos, como si fueran tempestades o terremotos enviados por una nueva naturaleza chiflada. Mientras una minoritaria avanzadilla de la humanidad se peleaba con la historia, la mayor parte de la población mundial seguía viviendo en un tiempo cíclico, pendiente de las estaciones y las festividades del calendario.

Me contaron en los años setenta que algunos pueblos de la sierra pobre de Guadalajara y Madrid ni siquiera llegaron a enterarse de que hubo una guerra civil. Probablemente no es cierto, pero es una buena metáfora de cómo los seres humanos ignoran la historia tanto como pueden, y si ingresan en ella, se sienten más bien como un pez fuera del agua.

Ahora, la crisis del coronavirus lo ha parado todo de pronto. Es como si la historia se hubiese detenido y nos hubieran abocado a recluirnos en algún pedazo de neolítico que podamos encontrar. Si cada familia gozara, como antaño quería el programa distributista de Chesterton, de una casita y un pedazo de tierra con un huerto y una vaca, la cosa podría haber tenido, incluso, su lado bueno. Pero no es así. No podemos refugiarnos en ningún rincón neolítico para ensayar por unos meses una apacible vida familiar. Más bien se nos propone una especie de Neolítico 2.0, venido del futuro como una distopía demente. Hay que teletrabajar al ritmo del turbocapitalismo, pero en condiciones neolíticas.

Mi caso particular es sumamente privilegiado y me estoy volviendo loco, de modo que imagino aterrorizado lo que está pasando a mi alrededor. Como soy profesor, intento abrirme camino entre los medios informáticos para asistir online a mis alumnos y seguir con el curso académico, pero los robots no obedecen, las páginas web se cuelgan, las impresoras se atascan. Mi mujer, mientras tanto, que también es profesora, lo intenta igualmente.

Los profesores de mis dos hijos mellizos de diez años, también lo están haciendo y algunos a conciencia. De modo que mi trabajo online se ve constantemente interrumpido por las demandas online de sus profesores, que mandan deberes, exámenes corregidos, collages con cartulinas virtuales para confeccionar, unidades (fatalmente) escaneadas para completar los libros de texto; todo ello, por supuesto, como requiere el bilingüismo, en inglés, todo en inglés, de modo que mi ordenador está constantemente buscando palabras y expresiones en el Google Translate, mi impresora imprimiendo fichas y páginas para colorear o rellenar; al mismo tiempo, los móviles no paran de sonar, pues los niños necesitan comunicar con sus amigos, por supuesto por videoconferencia, para poder verse las caras al menos, y así se pasan horas y horas, a veces riendo y gritando, a veces intentando descifrar en común las enigmáticas fichas que han enviado online sus profesores.

Y eso no es todo: papá y mamá también reciben todo el tiempo vídeos de gatitos con coronavirus, instrucciones de sanidad, mensajes de amigos deprimidos o de alumnos que han perdido el trabajo, gifs de Los Simpsons que ya lo habían previsto y de niños llorando porque quieren salir a la calle y todo tipo de chistes realmente muy buenos, pero que son demasiados para la finitud humana. Todo este exceso de comunicación, nos ha dejado totalmente incomunicados, ya no hay manera ni siquiera de leer el periódico. La tensión se corta en el ambiente y, periódicamente, los niños enloquecen y prenden fuego en la cocina, juegan al fútbol en el salón, hacen guerras arrojándose rollos de papel higiénico, o se persiguen como cachorros de gato por toda la casa, saltando sobre las camas y empujando muebles, hasta que acaban llorando y peleando. Mientras tanto, intentamos teletrabajar para que el turbocapitalismo no se detenga ni se ralentice y sobrevenga una crisis económica que termine de dar al traste con todo.   

Todo menos parar. Excepto, por supuesto, para los que ya han parado y van a parar sencillamente porque se han quedado o se van a quedar en paro. Mil actividades y pequeños negocios o trabajos más o menos informales con los que millares de personas se ganaban la vida se han interrumpido. Otros millares están siendo despedidos o se les está incitando a utilizar sus días de vacaciones para estos días de cuarentena. Los pequeños negocios se hunden. Las personas paran, pero el capitalismo no. La rueda sigue girando y ya se anuncia lo que se avecina, una nueva crisis económica que tendremos que pagar los que ya pagamos la anterior. La patronal empieza a pedir medidas tan oportunas como el despido libre. Las personas han parado, pero no las facturas de la luz, la renta de los alquileres, el precio de la cesta de la compra. Así de parados, ¿cómo llegará la gente a fin de mes, este mes y los meses siguientes? 

Es una inédita experiencia humana la que estamos viviendo estos días. Un neolítico vertiginoso y trepidante, una aceleración insólita del aburrimiento y la ociosidad. Ni Ilustración ni tradición, ni escuela ni tribu. Por primera vez, tenemos un ejército de niños recluidos en casa, sin colegio y sin abuelos: los ancianos son, precisamente la población más vulnerable. Parece una metáfora, pero esta vez es la realidad, la mismísima realidad que regresa a nuestras vidas normalizadas y se muestra ahora desnuda y abiertamente absurda (lo acaba de contar, en clave lacaniana, Santiago Alba, en un magnífico artículo). Ahora vemos lo que somos, aquello en lo que nos hemos convertido. Vivimos encadenados a la rueda frenética del capitalismo, a la que ofrecemos a diario sacrificios humanos en masa. Y en estas condiciones es imposible pararse a reflexionar nada sensato, es decir, es imposible hacer política.

Al tiempo que nos imaginamos vivir en un orden constitucional, bajo el imperio de la ley, vivimos pendientes de la salud de una economía loca y tiránica, que, sobre todo, es incapaz de parar o descansar, que ni siquiera durante una pandemia es capaz de tomarse un respiro sin matarnos de inanición como consecuencia. Hemos creado un monstruo que vive por nosotros y que respira con más fuerza que todos nosotros juntos. Mientras nosotros pensamos en los parlamentos, la economía piensa en las bolsas de valores. Y ambos pensamientos sólo se encuentran de vez en cuando y por casualidad, o cuando conviene a los poderes económicos. La democracia ya no es un sistema para consultar nuestras razones, sino para hacernos entrar en razón, en la razón de los poderes económicos que nos tienen agarrados por el cuello. 

Ha llegado el momento de reinventar el anticapitalismo, porque no podemos seguir adelante con esta locura. No nos convence la forma en la que la mano invisible de los mercados gestiona las crisis humanas. No nos convence que si, a causa de una pandemia, las personas tenemos que parar, la economía tenga más bien que acelerar la marcha. Necesitamos un sistema económico capaz de ralentizarse, capaz de detenerse e incluso capaz de decrecer. Y el capitalismo es todo lo contrario. Como dijo Benjamin, es una locomotora que rueda sin frenos hacia al abismo.

Necesitamos un freno de emergencia. Y, como he intentado explicar en otro artículo, en estos momentos se impone un renta básica de cuarentena, una suspensión de los pagos de alquiler y una intervención legislativa en los precios de todas las facturas mensuales. Ahora la cuestión ya no es lo que hay que pagar, sino quién paga. Eso es lo único que hay que planear. Pura lucha de clases: unos querrán que paguemos los trabajadores, otros queremos que, esta vez, paguen los bancos y los propietarios de capital (y de paso también la corrupta familia real). 

El capitalismo no solo está loco, también es vengativo: no nos van a perdonar que, por un virus de mierda, nos hayamos pasado semanas o meses sin consumir y sin trabajar. Querrán que lo paguemos muy caro en el futuro. Inditex ya está pensando en un macroERE mundial. No hemos comprado en Zara, no hemos trabajado. La economía no se lo puede permitir, o lo que es lo mismo, hay muchas personas con nombres y apellidos que son muy poderosas y que no están dispuestas a permitirlo. 

Ante esta pandemia, ¿queremos salvar a las personas o salvar la economía? Lo que en cualquier caso seguro que no queremos es un sistema económico que para salvar a las personas pone como condición salvar a los mercados. Porque se ha demostrado ya que lo uno y lo otro son cosas incompatibles. La realidad ha vuelto, y en forma de lucha de clases, descarnada y brutal. 

Carlos Fernández Liria, Madrid, 20 de marzo de 2020

Fuente: Cuartopoder