PROCRASTINACIÓN

Por Jairo Fuentes, Dignidades desde la Prisión

«El pueblo colombiano lleva 203 años esperando (procrastinando) las reformas que hagan de este suelo y de esta gente, una república -como su nombre lo indica- y no el feudo de unos cuantos gamonales»

Cárcel de La Dorada, Colombia | 31 de julio de 2022

Agustín decía en las propias confesiones: «Señor, hazme casto, pero todavía no». Y es que la tentación es la de dejar para más tarde la propia conversión, porque ahora no encaja con los propios planes personales*

Procrastinar es una palabra poco conocida, pero muy puesta en práctica por la mayoría de los seres humanos, y con mucha más frecuencia en el ámbito latinoamericano.

La palabrita no es otra cosa que un verbo que significa, dejar para más tarde algo que se piensa o se decide hacer, que además no se considera de mucha urgencia. Así que nuestros pueblos, nuestra cultura y nuestra historia se han desarrollado muy de la mano con ese verbo, que cómo lo dice el epígrafe, ya San Agustín lo invoca en sus confesiones: ser casto es seguramente bueno y santo; pero ser libidinoso es tremendamente placentero.

El ejemplo se sigue en Caracas (20 de abril de 1810), cuando, creándose la junta de gobierno para respaldar al Rey Fernando VII, algunos afanosos -como Simón Bolívar- proponen aprovechar el momento para declarar la independencia de España, a lo que los más conservadores responden que es mejor esperar, desatando la impaciencia del futuro libertador y obligarlo a decir, que si 300 años de espera no eran suficientes.

Así que, el pueblo colombiano lleva 203 años esperando (procrastinando) las reformas que hagan de este suelo y de esta gente, una república -como su nombre lo indica- y no el feudo de unos cuantos gamonales, que encumbrados en sus corceles llegan a cobrar la servidumbre y/o a exigir el derecho de pernada.

Es entonces que El Pacto Histórico (que ojalá logre serlo) -cabeza del nuevo gobierno- prometió (entre otras cosas) en campaña, la reducción del salario de los congresistas, como una pequeña muestra de sus intenciones de disminuir la brecha entre ricos y pobres; entre poseedores y desposeídos.

Pues bien, fieles a sus promesas, y con el concurso de quienes se «adhirieron» al cambio a última hora, en los pocos días que lleva instalado el nuevo congreso, ya se han presentado 14 proyectos que buscan la reducción del sueldo de las madres y padres de la patria, de los -aproximadamente- 34 millones de pesos, a los -también aproximadamente- 28 millones de pesos. Una reducción «ASTRONÓMICA» de ¡6 millones de pesos!, que equivalen al salario mínimo mensual de 6 colombianos que tienen la fortuna de contar con ese ingreso básico.

Aún así, es un buen inicio; la brecha sigue siendo ancha, pero se reduce un poco, y esos pesitos sumados, de cada reducción, pueden ser invertidos en gasto social. El detalle radica en que ya aparecieron las leguleyadas para sacarle el «fuste» al compromiso, pues según nuestra carta magna, los congresistas no pueden legislar en interés propio, por lo que la norma -sí se aprueba- podría caerse por inconstitucionalidad ante un examen de la corte encargada de hacerlo.

Ante esa talanquera, surgen propuestas encaminadas por dos vías: i) que la norma empiece a regir en el próximo período legislativo, es decir dentro de 4 años, cuando seguramente ya muchos de los actuales congresistas ya no lo sean, y no incurrirían en el impedimento, pero tampoco verían afectados sus ingresos. Pero ¿Qué pasaría con los que fuesen reelegidos? ¿Como fueron escogidos de nuevo, ya no habrían legislado en interés propio? No tengo la respuesta. ii) algunos congresistas más «radicales» aclaran y proponen que no hay necesidad de que el congreso legisle para la reducción de los salarios de sus miembros, sino que lo haga dándole facultades al presidente para que este lo decida por decreto, y así cumplir de inmediato la promesa de campaña y no dar la imagen de procrastinadores, que de esa manera intentan «escurrir el bulto» a la sanagustiniana, diciendo -y rogando- que sí, pero todavía no.

Ahí les queda la tarea a los abogados asesores, para que les aconsejen a nuestros «solones»** qué hacer en semejante encrucijada, en la que quizás, el presidente asuma el papel providencial y decida qué hacer ante la débil voluntad de tantos Agustines, con muy buenos deseos de ser justos, pero tampoco tan rápido.

Al fin y al cabo, procastinar ha sido el verbo más conjugado en toda nuestra historia política republicana, que no ha sido otra que la del aplazamiento y el esperar con fe.

Para establecer un salario mínimamente más equitativo y otra que una reforma ¿203 años no es suficiente espera?

*tomado de https://evangeli.net/evangelio/dia/IV_35

**Legislador de la Grecia antigua.

Por Jairo Fuentes, prisionero político colombiano