“A veces no se ve nada en la superficie, pero por debajo de ella todo está ardiendo”

(Y. B. Mangunwijaya)

Hoy, más que nunca, sigue doliendo Catalunya y por encima de todo sigue doliendo España. No obstante hoy queremos alejarnos del tono de nuestro anterior artículo sobre la cuestión catalana para, en medio del actual contexto histórico, pasar a analizar algunos elementos que consideramos fundamentales en este conflicto. Símbolos y referentes. Trapos y banderas. Emancipación y poder popular. Identidades nacionales. Nacionalismo y Catalunya. Burguesía y poder popular. Izquierda e independentismo. Autodeterminación y socialismo.

Hace unas semanas nos visitaba un educador popular argentino, Guillermo Cieza. Paseando por las calles de Madrid conversábamos sobre la complejidad del peronismo, y específicamente sobre el peronismo revolucionario que encarnaron personajes como John William Cooke. Después de un rato de conversación comentaba que con el peronismo ocurre algo parecido a lo que está pasando en Catalunya. Si uno escucha únicamente a un tipo de derechas como Puigdemont, con un discurso que poco aporta en un sentido popular, no se entiende absolutamente nada de la complejidad del proceso en Catalunya. Efectivamente, cuando uno analiza un hecho político desde el arriba, se pierde lo que bulle en el abajo. Cuando uno se detiene en la epidermis de la política de escaparate mediático, se pierde la sangre que riega el sistema circulatorio de un proceso. Cuando uno mira únicamente a la superficie, es posible que no vea las llamas ardiendo, como señaló el escritor indonesio Mangunwijaya.

Recuento de hechos

En los últimos años en el Estado español se han producido hechos que han marcado un antes y un después en la realidad sociopolítica y popular. El 15M de 2011 fue el primero de estos hechos. Una llama que se enciende en Madrid y se extiende a nivel nacional e internacional. En Barcelona la llama prende con fuerza. El trabajo de construcción de tejido social se desplaza a los barrios. Llega “Rodea el Congreso”, las “Marchas por la Dignidad”, manifestaciones históricas que todos recordaremos como grandes hitos. Pero si bien el conocido como movimiento de los indignados comienza a desinflarse dejando, no lo olvidamos, organizaciones y movimientos de un gran valor, en Barcelona se suma a la movilización popular un ingrediente que viene de muy atrás y que incluye a muchos más sectores de la sociedad catalana: el independentismo. La Díada de 2012 es el primero de los hitos que hace indicar una masificación y un aumento impresionante de esta opción política. El estatuto de Cataluña impulsado por Zapatero y luego recortado, aprobado en el Parlament de Catalunya y en el Parlamento español, recurrido por el Partido Popular y amputado en su esencia por un Tribunal Constitucional de mayoría conservadora, alienta el hastío de un pueblo hacia las instituciones del Estado español. La catalanofobia de la sociedad, la no comprensión de las características propias e históricas y un largo etcétera alientan los deseos de independencia que se expresan en una organización cada vez mayor por el derecho a decidir y la autodeterminación.

En los últimos meses los acontecimientos han ido a una velocidad de vértigo, ante la sorpresa de gran parte de la población, entre quienes nos encontramos. La lucha por el referéndum del pueblo de Catalunya obtiene el 1 de octubre un logro político fundamental. En medio de una represión brutal, ese pueblo da una lección de organización y dignidad. Fuerzas políticas de izquierda llaman al diálogo. Fuerzas políticas de derecha amenazan con la aplicación de un artículo 155 que de facto ya han comenzado a aplicar. El 10 de octubre miles de catalanes en las calles esperan la Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Los rostros después de la comparecencia de Puigdemont hablan por sí solos. De la euforia a la decepción en cuestión de segundos. Se escucha la palabra traición. Entre otros, miembros de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), a quienes los medios sitúan continuamente como el sector más radical del independentismo, los malos malísimos, aquellos que consiguieron bajar a Arthur Mas, censuran el comportamiento del presidente de la Generalitat. Las dudas invaden el proceso. El gobierno continúa en sus trece y amenaza soltar un perro llamado 155.  Las dudas se despejan el 27 de octubre, día histórico para Catalunya y para España. Lo tan temido por unos y tan deseado por otros ocurre. Se declara la República Catalana en el Parlament con 70 votos a favor, 10 en contra y 2 abstenciones. 53 diputados ausentes, del PP, PSOE y Ciudadanos (Cs), se niegan a participar abandonando sus asientos, se saben perdedores. Inmediatamente se aprueba en el Senado, con el apoyo, ahí sí, del mencionado tridente, el artículo 155. O, como afirma Jaime Pastor, su “interpretación más dura, y a la vez más discutible”. Euforia y celebración en las calles de Catalunya. Movimiento de tropas y fuerzas represivas en el Estado español. Expectación en la población española. Desconcierto en la izquierda española.

El catalán no es el único nacionalismo que ha crecido. Conforme se ha ido radicalizando el conflicto, los brotes de un nacionalismo españolista, excluyente y de esencia fascista, han ido en aumento. No crecen de la nada, son el caldo de cultivo con que se viene alimentando culturalmente el modelo del régimen del 78. El discurso de Felipe VI, el ultimátum de un Partido Popular interesado en tensar la cuerda, el “a por ellos”, la militarización del conflicto, la prisión política de Jordi Sànchez y Jordi Cuixartl (“dirigentes de las dos principales organizaciones sociales convocantes de las más grandes movilizaciones pacíficas que se han desarrollado en Catalunya desde 2012 a favor del derecho a decidir”[1]), las banderas en los balcones, las agresiones de grupos de extrema derecha, el acompañamiento fiel de Cs (apéndice jovial del PP) y la postura de un PSOE que juraba se había regenerado hacia la izquierda, son pequeños botones de este nacionalismo cutre, rancio y corrupto.

Al día siguiente de la DUI, una manifestación saca cientos de banderas al centro de Madrid. Banderas españolas. Al día siguiente de la DUI, la izquierda está ausente en la calle. Al día siguiente de la declaración de independencia, los periódicos corporativos españoles lucen portadas como las de El País: “El Estado acude a sofocar la insurrección”, ABC: “España descabeza el golpe”, La Razón: “Urnas frente al Golpe”.

Recordamos nuestra visita hace unos meses al abogado y escritor Joan Garcés, quien entonces nos comentaba algo así como que el gobierno estaba haciendo declaraciones de que Cataluña iba a dar un golpe de Estado, con lo que estaba apuntando a que eran ellos los que estaban pensando en dar un golpe. El argumento era más complejo y nosotros poco entendimos entonces. Hoy lamentablemente comprendemos plenamente a lo que se refería. El artículo 155 significa la excusa para dar un golpe de estado desde el Estado a unas instituciones democráticas, a un gobierno elegido por su pueblo, a un parlamento elegido por su pueblo. La intervención está en marcha. Golpe al Parlament, golpe al Govern, golpe a los Mossos d´Esquadra (policía autonómica), golpe a la administración. Golpe a la democracia.

Legalidades

Ya un pacifista como Mahatma Gandhi afirmó que “cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecerla”.

Continuamente el argumento de la derecha, hasta el día de la aprobación en el Senado del artículo 155, se parapeta en una supuesta violación de la legalidad. Una parte de la izquierda ha usado el mismo argumento para afirmar, desde otros parámetros, claro está, que no se trata de ir en contra de las leyes, que de lo que se trata es de cambiarlas. Esto, que queda tan bonito, en un verdadero Estado de Derecho sería muy respetable, pero teniendo en cuenta que en este país gobierna la mentalidad de casino, que la soberanía está entregada a los grandes poderes capitalistas y que nuestro poder político modifica, cambia, corta, pega y transgrede continuamente sus propias leyes, no resulta muy sabio por parte de quienes deseamos una transformación hacia una sociedad más justa e igualitaria, ser los mayores garantes de unas leyes hechas a imagen y semejanza de los intereses de los grandes poderes oligárquicos.

El filósofo Carlos Fernández Liria, fiel defensor del Estado de Derecho, en un reciente texto afirma en cambio que en Catalunya hay enfrentadas dos pretensiones de legalidad: “Hay tanto menos derecho a desobedecer la ley, cuanto más esté claro que hay derecho a cambiarla (legalmente). Por algún motivo que habrá que reflexionar, los votantes catalanes y sus representantes legítimos no han visto muy claro los cauces por los que se les ofrecía esa posibilidad de cambiar las leyes. Y cuando eso ocurre, la legalidad se fractura, surgen pretensiones de legalidad enfrentadas”. Y continúa: “Si cuando se enfrentan dos pretensiones de legalidad, una de ellas se empeña en que la otra no es más que pura naturaleza que hay que civilizar, lo más probable es que, por el otro lado, se razone también de la misma manera. Para unos, en Cataluña se ha intentado ir más allá de la legalidad. Para otros, el Estado español, haciendo lo que siempre ha hecho, está llamando legalidad al puro uso de la fuerza bruta. Eso, con armas o sin ellas, se llama guerra”.

Trapos o banderas

Es recurrente estos días escuchar aquello de: esta es una lucha entre dos banderas, una batalla por dos trapitos. Esta visión reduccionista del conflicto sólo echa más leña al fuego, sitúa el debate donde quiere el tridente reaccionario (PP, PSOE y Cs) y no es capaz de dar cuenta ni de la complejidad del escenario particular que se vive en Catalunya ni de la importancia de los símbolos para la construcción de identidades políticas, culturales y sociales.

Históricamente los pueblos han construido sus significados colectivos en torno a símbolos entre los que destaca el uso de la bandera. Revoluciones del mundo han girado y giran en torno a la emancipación nacional, a símbolos nacionales y patrióticos. Las luchas por la independencia utilizaron su bandera como símbolo identitario nacional enfrentado a la bandera del imperio colonizador. Luchas, grandes o pequeñas, han utilizado y utilizan su bandera como símbolo de identidad popular-nacional, como elemento aglutinador de su esencia libertadora. En los últimos años, en cambio, mientras se impone la globalización, crece una suerte de progresía donde cala muy potentemente eso de “abajo las fronteras”, “queremos un mundo sin banderas”, es momento de la “civilización universal”. Mientras empapa este discurso, ante la ausencia de símbolos aglutinadores de lo popular, el tejido social se va descomponiendo. Nunca las sociedades han estado menos cohesionadas ni han sido más individualistas que hoy. Y lo peor, los símbolos siguen ahí, otros se han apropiado de ellos, los han construido, los han llenado de contenidos, los han impuesto por la fuerza y la seducción.

En este país tenemos un enorme problema no resuelto con el asunto de los símbolos. Esquivar el problema sólo supone que otros ocupen ese espacio con significados de ideología fascista.  Rescatemos algunas pistas del artículo de Manuel Vicent, cuando afirma que “la enorme brutalidad con la que el nacionalismo españolista se impuso en Catalunya explica, por ejemplo, que la bandera borbónica española, máxima expresión de tal nacionalismo, nunca haya sido muy popular en este territorio, hecho que es presentado maliciosamente por el nacionalismo españolista como el reflejo de un sentimiento anti-España, sentimiento que en realidad no existe en Catalunya. Hay que entender que cuando las tropas golpistas –que se llamaban a sí mismas los “nacionales” (que se caracterizaron por una enorme brutalidad y represión)- ocuparon Catalunya, lo hicieron enarbolando la bandera borbónica y tocando la Marcha Real como himno nacional. ¿Cómo quiere el establishment político-mediático que tales símbolos sean populares en Catalunya? ¿No se dan cuenta de que la gente tiene memoria? En Catalunya la bandera rojigualda ha sido popular solo en los barrios pudientes, donde tal bandera representaba a aquellos que recuperaron sus intereses. Pero, a nivel de calle, la bandera española era la republicana, bandera que, junto con la senyera en Catalunya, llevaban los soldados que defendían el sistema democrático en el frente. Miles de catalanes tienen en su tumba la senyera y la bandera española, que era, y emotivamente continúa siendo, la republicana”.

Hablemos de esos supuestos trapitos. La bandera española actual es el resultado directo de un Golpe de Estado de carácter fascista a un régimen democrático, constitucional y republicano que elimina el color morado de la bandera al instalar una dictadura nacionalcatólica que dura casi 40 años. Luego, con la izquierda masacrada o exiliada, emprende su magna obra de reforma y modernización, el llamado régimen del 78, que logra restaurar la monarquía. Con sus grandes poderes repartidos y adaptada a los nuevos tiempos neoliberales, graba sobre esos colores el escudo monárquico, símbolo del poder impuesto y heredado de los mejores tiempos medievales del imperio. A pesar de esto todavía extraña que algunos afirmemos que esta bandera no nos representa. El otro trapito, la estelada independentista, que porta un triángulo y una estrella, es un añadido de principios del siglo XX de contenido independentista rescatado de la bandera cubana y puertorriqueña, a su vez símbolos de la liberación e independencia de España, lo que aquí se llamó el “desastre del 98”. Siempre hay perspectivas. La bandera de triángulo azul y estrella blanca es conocida como estelada blava, y es la bandera oficial proclamada en la Constitución provisional de la República Catalana aprobada por la Asamblea Constituyente en Cuba en 1928. La estelada vermella, de triángulo amarillo y estrella roja, es creada en los años 70 por el Partit Socialista d’Alliberament Nacional (PSAN), contiene pues una simbología marxista, socialista o comunista. Esta bandera, si bien minoritaria respecto a la blava, es cada vez más visible en las marchas independentistas, y es la que porta el entorno de la CUP. Como ven, la historia de los pueblos y sus procesos llena de contenido los símbolos. No son pues éstos algo rígido, estático e invariable. Están en movimiento y permanente construcción.

La izquierda

Estos días nuestras amistades latinoamericanas nos escriben para preguntarnos por el ‘procés’.  Interesadas por un hecho que califican de revolucionario, entusiasmadas por el desafío a unas estructuras que saben ancladas todavía en el fango colonizador. Esta actitud internacionalista contrasta con el silencio, la mirada esquiva o las palabras equidistantes de una gran parte de la izquierda del Estado español.

Hoy, intentar resolver la cuestión proponiendo un estado federal socialista o un estado plurinacional, es un planteamiento descontextualizado. Aunque sugerente, debemos reconocer que se trata de un escenario lejano. La realidad es que sobre la mesa hay un contexto de confrontación entre quienes defienden esa España “¡una, grande y libre!”, y a golpe de porra o pelota de goma administran su legalidad, y quienes, ante la imposibilidad de encontrar caminos para el diálogo, han decidido explorar el camino del derecho a decidir y la autodeterminación.

Manuel Delgado, en 2012 afirmaba: “Continúo pensando que la mencionada opción federalista -la nuestra- es la más razonable, pero hay que prever la probabilidad que esa «tercera vía» acabe siendo del todo impracticable. Por mucho que no nos guste, la dinámica de los hechos hará que una bisagra entre neocentralismo y separatismo, a favor de una redefinición federal de la estructura del Estado, no encuentre espacio y quede atenazada e irreconocible entre una dialéctica sí/no, dentro/fuera, que es la que puede arrastrar al hundimiento a los socialistas y a quien quiera escapar de ella, con el riesgo incluso de que quienes se resistan o la ignoren acaben apareciendo alineados con las tesis anticatalanistas. Ni siquiera tenemos la garantía de que una eventual consulta popular vaya a dar cabida a esa alternativa intermedia. En un choque de trenes como el que se prevé, la peor de las suertes es la de quienes tengan la fatalidad de quedar en medio”. Y continúa: “igual que pasó con el 15M, la tarea de la izquierda revolucionaria es la de tratar de dar sentido crítico y transformador a fuerzas sociales que las circunstancias sociales –no siempre desencadenadas por ella– han puesto en movimiento. Mantenerse al margen y no digamos entorpecerlas es una insensatez y una irresponsabilidad imperdonables”. En 2014 el antropólogo catalán en una entrevista dice lo siguiente: “Aquellos que pudimos defender una postura razonablemente federal o confederal, yo tengo la convicción de que no tendremos espacio. Tendremos que elegir entre los nacionalistas y los nacionales”. Este antropólogo proveniente del PSUC y afiliado a EUiA, en 2015 figura en la lista de la CUP de manera simbólica. En 2016, escribe: “Puestos a convertir lo sabido y lo vivido en decisiones políticas, concluyes que una ecúmene confraternal entre los llamados «pueblos de España» es la más improbable de las quimeras. Piensas que acaso puedas rescatar a Catalunya de los parásitos sociales que se han pasado décadas vendiéndola y ahora proclaman suya. Te imaginas que acaso se está ante una oportunidad irrepetible de volver a empezar y de inaugurar otra forma de vivir y convivir. Has entendido que, interpelado por los hechos, tienes que elegir, con la intuición de que lo más probable es que en algún lugar cercano del camino te espere la decepción. Pero los tiempos que corren no te esperan y uno acaba sumergiéndose en los acontecimientos creyendo que los protagoniza y que su devenir depende de ti. Consciente de tu propia ingenuidad te sientes entonces vanidosamente llamado…, y acudes”.

Entre los sectores institucionales de izquierda hay ejemplos de dignidad. Àngels Martínez Castells, diputada de Podem en el Parlament, ha defendido que Carles Puigdemont es el «presidente de la República catalana» y ha afirmado que el Boletín Oficial del Estado (BOE), que publica su cese como presidente de la Generalitat, «puede decir misa».

¿Nacionalismo de izquierdas?

La desorientación de la izquierda respecto al nacionalismo es una cuestión que resuelve la antropología. Cuando decimos que el nacionalismo o el patriotismo es de derechas, facha, retrógrado o elitista es porque lo miramos con lupa etnocentrista. Desde Occidente, desde Europa y sobre todo bajo el prisma simbólico construido por la España franquista. Visiones unidireccionales de los conceptos nación y patria.

El nacionalismo o el patriotismo son identificaciones colectivas de carácter simbólico relacionadas con lo territorial. El contenido (popular o elitista, emancipador u opresor, comunista o fascista) de ese conjunto simbólico es lo que lo sitúa en un lado o en otro, en su carácter emancipatorio o reaccionario, en la mayoría popular o en la élite, en la izquierda o en la derecha. Asociar nación-derecha o patria-fascismo es no comprender lo que ocurre, ya no sólo en Cataluña, sino en gran parte de experiencias y procesos sociales de América Latina y otras latitudes. Y el tema territorial es fundamental. Eso la derecha lo comprende de maravilla. A pesar de ser estrategas ideológicos de la globalización económica y cultural no olvida la clave territorial. Y lo ha hecho tan bien que ha conseguido que mucha izquierda se sitúe en tal cacao mental que hace creer que la identificación simbólica con lo territorial es elitista y de derechas o algo del pasado ante la llegada de ese ser superador de los nacionalismos: “el ciudadano del mundo”.

No vamos a negar la existencia de un sector de catalanes, ligados a la burguesía catalana, que adoptan posturas elitistas, chovinistas o incluso racistas, que miran por encima del hombro a otros pueblos como el español. Manuel Delgado lo afirma: “Hay una parte del catalanismo que es racista y parte de premisas supremacistas”. Este sector giraría en la órbita ideológica del entorno de PDeCAT. Pero esa postura no representa ni la totalidad ni la mayoría de las posturas independentistas. Por eso, continúa Delgado, “a este sector ultramontano que cree que existe una esencia de catalanidad hay que aclararle que esto es una tregua” para lograr el objetivo común de la independencia.

En nombre del nacionalismo o de la patria se han conquistado pueblos, masacrado gentes, arrasado culturas y destruido tierras. Eso es cierto. Tan cierto como que en nombre del nacionalismo o de la patria se han libertado pueblos, liberado gentes, creado culturas y respetado territorios. Ahí tenemos las luchas antiimperialistas y anticolonialistas o las guerras de liberación nacional o las actuales luchas del Pueblo Nación Mapuche. Es imposible luchar contra una situación colonizadora si uno no se constituye como sujeto colectivo, como ente diferenciado del ‘otro’ colonizador. Y para esto son imprescindibles los símbolos. Es el uso colectivo que se hace de dichos símbolos nacionales o patrios lo que les confiere un significado u otro. En ese sentido, el marxismo y el comunismo son absolutamente compatibles con el nacionalismo, de hecho, suelen ir juntos. Véanse algunas experiencias en América Latina como Cuba, Venezuela o Bolivia, o las luchas anticolonialistas del siglo XX como Argelia, Vietnam o Angola. Igualmente muchas de las luchas antifascistas en Europa han sido planteadas en clave patriótica. Podemos encontrar nacionalismos abanderados por sectores sociales de signo opuesto. Es el caso de Catalunya, donde hay ejemplos históricos de reclamos nacionalistas conducidos por la burguesía y otros en los cuales los sectores oprimidos toman esa bandera como símbolo de liberación. El pensamiento de Lenin respecto a la autodeterminación arraiga con fuerza en el movimiento obrero catalán de principios del siglo XX. Esto llega hasta el presente, donde ambos sectores confluyen en un mismo objetivo táctico, aunque no estratégico. En el presente, el PDeCAT sería el mejor heredero de ese histórico nacionalismo burgués mientras que la CUP lo sería de la tradición nacionalista marxista[2].

Alianza táctica

Un argumento que suele esgrimir un sector de la izquierda para desvincularse del nacionalismo catalán, es que el ‘procés’ está liderado por la burguesía, censurando la alianza táctica de la izquierda catalana con dicha burguesía. Vemos este argumento en visiones moderadas pero también en otras de la izquierda más dura. A estos últimos habría que sugerirles releer a Lenin.

No todo el independentismo y el nacionalismo es el que representaron los Pujol, Arthur Mas y hoy Puigdemont. En Catalunya hay nacionalismo más allá del nacionalismo conservador de PDeCAT. Hay un independentismo y un nacionalismo internacionalista, como el que representa la CUP. Una CUP que, como otros sectores de la población con visiones políticas de izquierdas, como algunas de las fuerzas políticas que convergen en Junts pel Sí, deciden aliarse tácticamente con esa burguesía para librarse de la otra burguesía españolista. Parecería un sinsentido. Librarse de un poder burgués para someterse a otro, dicen algunos, obviando que ahora están sometidos doblemente. Puestos a elegir, la burguesía catalana, aun defendiendo los mismos intereses de acumulación capitalista, aun aliada todos estos años económicamente a la española, es evidente que no es tan cavernícola como ésta. En ese sentido, la liberación es respecto a los poderes políticos del Estado español, no respecto los pueblos del Estado español, con quienes es evidente que no se cierra la posibilidad de colaborar desde una visión de igual a igual, compatible con un nacionalismo construido bajo paradigmas emancipatorios.  Planteamos aquí la visión internacionalista del nacionalismo. Algo que muchos hoy califican como un sinsentido. Según el economista Arcadi Oliveres, «el independentismo bien entendido debe ser siempre internacionalista, lo contrario es egoísmo. Tú quieres a tu país, a tu pueblo, a tu lengua, muy bien. Pero también debes querer al señor de Bangladesh y al de Tailandia”. Como ejemplo de otra visión del nacionalismo, podemos citar igualmente al mencionado John William Cooke: “El nacionalismo sólo es posible como una política antiimperialista consecuente”. Pero nadie lo expresó mejor ni tan brevemente que el escritor, filósofo y prócer del independentismo cubano José Martí, defensor acérrimo de esa idea de compatibilidad entre nacionalismo e internacionalismo, cuando dijo aquello de “Patria es humanidad”.

No es este, por ahora, un proceso independentista de carácter socialista. Por supuesto que no se trata de una revolución socialista. Tampoco lo fueron la Revolución francesa ni la independencia de Cuba ni las demás guerras de independencia contra el Imperio español en América Latina. Pero teniendo en cuenta la historia de España, sí podemos calificar el extraordinario movimiento popular catalán actual como un hecho revolucionario. Un proceso que sin ser socialista reclama un derecho fundamental reconocido internacionalmente, el derecho de los pueblos a decidir su destino político, el derecho de un pueblo a constituirse en sujeto político, el derecho a la soberanía, a la autodeterminación. Un proceso radicalizado por la actitud de un Estado represor que lo único que ha hecho es avivar el fuego del movimiento popular en Catalunya, a estas alturas imparable. Es cierto pues que no nos encontramos ante una revolución socialista. Ahora, también es cierto que hay sectores socialistas que han pintado y pintan mucho en el ‘procés’. Y no parecen haber jugado mal sus cartas. No podemos olvidarnos que el supuesto nacionalismo de la CIU de Pujol nunca tuvo el más mínimo interés en la independencia. Son los sectores populares y las fuerzas políticas de izquierdas las que presionan a la burguesía hoy representada por el PDeCAT a impulsar el proceso de autodeterminación.

Lenin, en su texto El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo, hace una clara distinción entre el objetivo estratégico del comunismo, la consecución de una sociedad sin clases, y la necesidad de una alianza táctica con determinados sectores políticos para avanzar hacia ese objetivo estratégico. Para esto es necesario desprenderse de posiciones doctrinarias que entienden la revolución como camino preestablecido y ruta definida por un supuesto manual de instrucciones del comunismo. En El derecho de las naciones a la autodeterminación, argumenta Lenin: “Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de que fomentan el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa impugnan la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y los procedimientos policíacos de administración en detrimento de los democráticos. (…) Las masas de la población saben perfectamente, por la experiencia cotidiana, lo que significan los lazos geográficos y económicos, las ventajas de un gran mercado y de un gran Estado y sólo se decidirán a la separación cuando la opresión nacional y los roces nacionales hagan la vida en común absolutamente insoportable, frenando las relaciones económicas de todo género”.

Si el pueblo catalán consigue la independencia de España, consigue constituirse en sujeto político capaz de decidir soberanamente su destino, el movimiento popular tendrá que desplegar otras cartas en ese nuevo escenario para la consecución de ese objetivo estratégico. Las intenciones de una parte de los actores independentistas de continuar dentro de la Unión Europea constituiría un hecho preocupante para la transformación social de Catalunya. Después de liberarse del pesado yugo de España, seguir dentro de ese otro yugo que es la Europa del capital plantearía un escenario nacional diferente pero similar en cuanto sujeto político subyugado a las esclavistas estructuras capitalistas que impone el actual escenario europeo. Esto, que es preocupante, lo tendrán que resolver los propios catalanes si consiguen ganar esta difícil batalla política. La propuesta de resolución presentada el 27 de octubre por Junts pel Sí y la CUP de iniciar un proceso constituyente crea un prometedor horizonte que abre todas las opciones para que se debata la cuestión social y sentar así las bases de una república donde quepan todas y todos. Si dicho proceso constituyente logra llevarse a cabo, la clave para el cambio y la transformación, como siempre, estará en la capacidad del proceso de posibilitar y lograr la participación de amplios sectores de la sociedad catalana, también de aquellos que no comparten los deseos de independencia.

No obstante, si como se afirma esta es una rebelión que favorece a los intereses burgueses, habrá que preguntarse por qué las empresas del Ibex 35 están amenazando con salirse de Catalunya, mano a mano con el gobierno reaccionario y golpista, incluidas presiones del Rey. ¿Por qué 1681 empresas han sacado sus sedes sociales o fiscales de Catalunya?  ¿Por qué la mercantilizada Unión Europea y todos los grandes estados capitalistas ofrecen su apoyo y respaldo al gobierno de España?

¿Y ahora qué?

¿Qué va a pasar ahora? ¿Ha sido una buena estrategia la declaración de la República Independiente de Catalunya? Está siendo, también desde sectores progresistas, calificado de locura, de caída al vacío, de retroceso, de suicidio kamikaze. No tenemos respuestas al qué va a pasar, no hay bola de cristal que haga ver si esto va a constituir una suma histórica para los deseos de soberanía del pueblo catalán, si es este realmente el momento constituyente de la República catalana, si va a servir para derribar las estructuras tambaleantes del régimen del 78, o si por el contrario la lucha independentista será aplastada por la interpretación terrorista del artículo 155 y la balanza se inclinará definitivamente hacia esta polarización fascista del Estado y de la sociedad que venimos sufriendo. No tenemos respuestas. No tenemos respuestas porque el futuro está abierto. El mañana es transformable. Esto, que resulta una obviedad, es lo que gran parte de la izquierda, seamos sensatos, ha dejado de creer que pueda darse en un sentido emancipador. Anclados en la derrota, no somos capaces de ver que la actual crisis tambalea los cimientos de un régimen institucional que nunca supuso una ruptura con el régimen franquista, sino un lavado de cara, una continuidad y una evolución del modelo de explotación hacia la clase trabajadora. No podemos negar que el pueblo catalán ha venido luchando de manera creciente por su soberanía y su autodeterminación y esa enorme fuerza popular ascendente ha ido impulsando pasos políticos que han desembocado en la declaración de independencia. No podemos negar el valor popular y político de este hecho. No podemos negar la consecuencia, la coherencia, la valentía y la determinación heroica de un enorme sector del pueblo de Catalunya en este proceso. Hay quien se detiene a contar si es mayoritario o no, si se han dado las garantías para una consulta llena de trabas legales y represivas, si lo respalda la legalidad española, esa de la que los catalanes pretenden desprenderse. A veces no somos conscientes de lo enormemente difícil que resulta construir un poder popular con la extraordinaria capacidad de movilización y organización que ha demostrado el pueblo catalán. Y no solo eso, de acompañar esta extraordinaria capacidad popular de instrumentos de poder político que concreten los anhelos populares. Esto a día de hoy es un hecho en Catalunya. Un hecho que podemos calificar como revolucionario para Catalunya, pero sobre todo para el Estado español.

Ahora pueden pasar muchas cosas. Desde luego que el secreto de que el futuro de Catalunya se incline hacia la emancipación del pueblo catalán, en todos los sentidos, depende de la capacidad de movilización y de organización del pueblo. El futuro de la soberanía de Catalunya reside en el poder popular. El pueblo ha impulsado a sus representantes políticos a esta situación. La clase política, a pesar de las dudas, no ha traicionado. La pelota vuelve a estar en el tejado del pueblo, de donde salió, donde nunca dejó de estar y donde, aunque lo que se viene no va a ser nada fácil, esperemos continúe.

¿Y España?, ¿Dónde está la pelota en España? ¿En la guardia Civil, en el ejército, en los tanques, o en los campos de fútbol? ¿Y el pueblo español? ¿Y los otros pueblos del Estado español? ¿Y el poder popular? ¿Y la izquierda? ¿Dónde se ha medito la izquierda? Perdemos una oportunidad histórica si no recogemos el testigo y la lección que el pueblo de Catalunya nos está dando. Perdemos una oportunidad histórica de rebelarnos contra lo mismo que se rebelan las mujeres y los hombres conscientes de Catalunya: contra la monarquía, contra un régimen que todavía no conoce algo parecido a una ruptura democrática, contra los grandes poderes, contra la colonización cultural y económica, contra la opresión. Y, por qué no, en términos positivos: por la restauración de la república, por la construcción de un estado socialista, por la soberanía de los pueblos.

Concluyendo

Hoy la izquierda se sitúa ante el reto de reinventarse. De ser consciente que las revoluciones no se hacen con escuadra y cartabón, que hay hechos históricos y rebeliones populares que constituyen desafíos y oportunidades que hay que aprovechar. Que los caminos revolucionarios y transformadores no están preestablecidos en una hoja de ruta. Que las revoluciones a veces nos sorprenden. Que el futuro es incierto y moldeable. Independientemente de si a priori estamos o no de acuerdo con la independencia de Catalunya lo que no podemos negar son dos cosas: una, que la movilización popular a favor de este proceso es histórica y marca un punto de inflexión de difícil retorno, y dos, que el giro a la derecha por parte de las instituciones supuestamente democráticas del Estado español son de una gravedad igualmente histórica.

La rebelión en Catalunya constituye un hecho popular. Y si a alguien le cabía alguna duda el Estado español se ha encargado de señalarlo como un hecho penal. Una rebelión popular pacífica en aumento que ha presionado a su clase política para que impulse el proceso en sus cauces democráticos e institucionales. Estos representantes institucionales agarraron esa bandera, por diferentes motivos que habrá que analizar, y han lanzado un órdago que cobra más legitimidad en cuanto que cuenta con una enorme masa popular. Un pueblo que hastiado de unas instituciones estructuralmente anquilosadas que no les dejan desarrollarse y crecer políticamente, decide impulsar un proceso que ha generado un conflicto de dimensiones mayúsculas. Pero en eso consiste la política. En eso consisten las revoluciones. En eso consisten las transformaciones sociales. En el planteamiento del conflicto, en el desarrollo del conflicto y en la resolución del conflicto.

No sirven posiciones equidistantes. Ante la realidad actual, hay que tomar partido. Mantenerse al margen sólo ayuda a quien goza del poder coactivo y represivo.  Las fuerzas progresistas, democráticas, de izquierdas en el Estado español, independientemente de nuestras posiciones políticas iniciales e ideales, debemos respetar la voluntad de un pueblo en su lucha por soberanía y autodeterminación, debemos apoyar, acompañar esta voluntad popular y coger el testigo para, aprovechando la brecha que se abre, dar un paso al frente.

El rey está desnudo. La monarquía está desnuda. El poder del Estado español está desnudo. Han evidenciado cuál es su esencia. Ante este hecho, y ante la derechización de nuestro entorno político y social, ante las medidas fascistas, intervencionistas y golpistas de nuestras instituciones, ante la aprobación en el Senado del artículo 155 por parte de una clase política reaccionaria encarnada por el tridente PP, PSOE y Cs, a la izquierda, al pueblo y a las fuerzas progresistas del Estado español sólo les queda una respuesta coherente: acompañar y respaldar al pueblo catalán y tomar el testigo de la rebelión catalana. Rebelión pacífica, protesta ciudadana y popular que a día de hoy, ante unas instituciones deslegitimadas con sus propios actos, ante semejante crisis política, moral e institucional, debería extenderse a nivel Estatal. Esto parece un grito en el desierto. No obstante, para finalizar con una dosis de optimismo queremos traer aquí esas hermosas palabras que hace unas semanas nos recordara Guillermo Cieza a su paso por estas golpeadas tierras: “nunca debemos subestimar el poder del pueblo”.

[1] Jaime Pastor, El artículo 155 o la democracia en suspenso

[2] Ver Manuel Delgado, Notas sobre el patriotismo revolucionario y otras identidades discretas

Texto publicado en ContrahegemoníaWebRebelión