«Apuntaladas por las operaciones sicológicas encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono, las sanciones económicas y financieras son acciones de guerra por medios no militares»

26 de octubre de 2026 | Fuente: La Jornada

En el marco de una guerra de desgaste multidimensional signada en la coyuntura por la política de “máxima presión” de Washington, el miércoles 28 de octubre la diplomacia cubana librará otra batalla asimétrica contra el imperio en el seno de la Asamblea General de la ONU. Ese día se llevará a cabo la votación anual de la resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra Cuba”. Y esta vez la votación llega en un año particularmente duro para la isla debido al genocida cerco marítimo de combustibles y al recrudecimiento de las ilegales y extraterritoriales medidas sancionatorias contra la mayor de las Antillas. Washington pretende quebrar el respaldo histórico y casi unánime de la comunidad internacional a la isla. Por eso, en las últimas semanas, el secretario de Estado, Marco Rubio, y sus embajadas han arreciado los chantajes y presiones sobre gobiernos soberanos para que cambien su tradicional voto, o se abstengan o abandonen la sala al momento del sufragio. 

Cada narrativa tiene su vocabulario. Elegir una palabra es optar por una interpretación. El 22 de septiembre en la ONU, Donald Trump dijo que Cuba es un “Estado fallido” (failed state). Esa narrativa busca imponer la noción de que la crítica situación socioeconómica en la isla se debe al modelo socialista y su liderazgo. El verdugo culpa a las víctimas y no deja opción: se rinden o las aniquila. Cuba no es un Estado fallido, es un país bloqueado. En inglés, la diferencia entre blockade y embargo (término utilizado por Washington) tiene un peso jurídico particular: un blockade es una medida de fuerza y, aplicado por mar, un acto bélico. Así lo reconoció el 8 de octubre el congresista estadounidense Jim McGovern: “Un bloqueo naval es un acto de guerra. Provocar la hambruna de la población civil es un crimen de guerra”. 

Para que no quedara duda de su intención, el 23 de octubre, en un acto de campaña en Florida, Trump aseguró que cuando sus buques de guerra regresen de sus operaciones contra Irán, uno de ellos se detendrá a “unas 50 yardas de la costa de Cuba”, el gobierno de Cuba “levantará las manos” y entonces él enviará al secretario de Estado, Marco Rubio, para “cerrar el acuerdo”. Refrendó su típico lenguaje gansteril y mafioso. Desde La Habana, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, le respondió: “En nuestras costas hay bellas playas, pero también dientes de perro, inhóspito para quienes llegan con fines hostiles y ansias de dominación. Cuba no es una amenaza, el bloqueo sí”. 

A su vez, apuntaladas por las operaciones sicológicas encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono, las sanciones económicas y financieras son acciones de guerra por medios no militares. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, perteneciente al Departamento del Tesoro) utiliza las sanciones como mecanismos de defensa de la dictadura del dólar e instrumentos coercitivos al servicio de la Estrategia de Seguridad Nacional. El objetivo de las sanciones es generar daño y castigo colectivo (collective punishment) a la población civil; son una forma de guerra no militar utilizada para generar un colapso interno que prepare el escenario de una guerra física. 

En esa perspectiva, acicateado por la gusanera de Miami en tiempos electorales, la semana pasada el secretario de Estado, Marco Rubio, publicó un mensaje en X dirigido “a quienes buscan un cambio en Cuba”, en el que instó a aprovechar el momento para establecer una “colaboración discreta con la CIA”. El tono y el método de esa práctica fueron respondidos por el vicecanciller cubano, Carlos Fernández de Cossío: “Ahora Estados Unidos se apea con reclutamientos públicos de la CIA. Debe haber mucho desespero o pobreza en las filas de la agencia cuando tiene que vender sus ofrecimientos como pasta de dientes”. 

Como parte de esa guerra híbrida que incorpora en la etapa a gobiernos cipayos y sectores reaccionarios de la región, la dimensión cognitiva es un elemento esencial de las operaciones sicológicas diseñadas para la demonización sistemática de las experiencias socialistas y progresistas de América Latina, y cancelar la memoria histórica de los procesos de descolonización y autodeterminación. En paralelo, a dos semanas de las elecciones legislativas en Estados Unidos, la fiscalía de Florida aportó su propia comedia negra con fines propagandísticos: anunció una nueva orden de arresto contra el líder histórico cubano Raúl Castro. A ello se suman otras sucias calumnias que buscan generar la histeria belicista y atizar el chovinismo entre los fanáticos trumpistas de MAGA. Y también bulos sin sustento ni evidencia alguna, como la supuesta participación cubana en el conflicto militar en Ucrania. El objetivo es desinformar y confundir a la comunidad internacional. A diferencia de Estados Unidos, Cuba tiene un historial limpio en materia de lucha contra el grave flagelo del mercenarismo. 

El bloqueo energético, un acto de guerra, está haciendo estragos en la isla y busca generar un deterioro ético y moral en la población cubana para provocar un levantamiento que justifique una intervención extranjera con fines “humanitarios”. Hace pocos días, el presidente de la Casa de las Américas, Abel Prieto, dijo en México que Cuba vive la peor situación de la historia desde el triunfo de la revolución el 1° de enero de 1959. Sin combustible, sin agua, sin electricidad, no funciona nada. Es la misma lógica del criminal cerco israelí en Gaza. Fidel decía que hay que tener sentido del momento histórico. Hoy, en Cuba, la palabra clave es unidad. Porque dignidad y resistencia, sobran; más de seis décadas de enfrentar al criminal bloqueo lo atestiguan. Habrá que ver, ahora, el comportamiento de la comunidad internacional.