«Resulta peligroso que hoy se reactive la negación de la colonia y de la violencia ejercida sobre los pueblos originarios, pues se trata de una forma contemporánea de reproducir esquemas de dominación simbólica.»

31 de enero de 2025 | Fuente: La Jornada | Foto: gaceta.unam.mx

Hace unas semanas vi un video corto en una red social donde una persona afirmaba que nunca existió la colonia de América, ni hubo saqueo y que los pueblos originarios no eran más que simples “culturas de piedra”. El comentario lanzado con tal ligereza y sin mayor sustento argumentativo se suma a la ya preocupante cifra de comentarios y publicaciones que aparecen cada vez con más frecuencia en los espacios digitales. Este tipo de discursos no sólo banalizan procesos históricos complejos, sino que reproducen viejos esquemas de pensamiento que parecían superados.

Ante ello, considero pertinente recuperar la conferencia que el filósofo Enrique Dussel impartió en Ecuador en 2013, titulada “El gran camino de las culturas hacia el Este” (https://www.youtube.com/watch?v=6GLzHSlGf4o&t=1s), en la que propone una crítica profunda a la forma en que se ha narrado la historia mundial y, en particular, la historia de América. Dussel parte de una idea central, gran parte de lo que aprendimos como “historia universal” es, en realidad, una construcción eurocéntrica; no se trata únicamente de los contenidos, sino del propio esquema con el que se organiza el pasado.

Las categorías de Edad Antigua, Edad Media y Edad Moderna no son universales ni neutrales, sino formas europeas de periodizar la historia que terminan ocultando o minimizando los procesos históricos de Asia, África y América. Desde esta perspectiva, Europa aparece como centro y medida de la humanidad, mientras el resto del mundo queda relegado a la periferia, al atraso o a una supuesta prehistoria cultural.

Dussel cuestiona con especial fuerza la noción del “descubrimiento” de América. América no fue descubierta porque ya existía, con pueblos, civilizaciones, sistemas políticos, saberes y formas complejas de organización social, nombrar ese proceso como descubrimiento suaviza lo que en realidad fue una invasión y un reordenamiento violento de territorios, economías y culturas. Negar la colonia o reducirla a un simple intercambio cultural implica ignorar una transformación estructural que marcó profundamente la historia del continente.

Desde esta misma lógica, afirmar que los pueblos originarios eran “culturas de piedra” reproduce una jerarquización del conocimiento heredada del eurocentrismo; en América existieron civilizaciones con una enorme diversidad de oficios, saberes técnicos, conocimientos astronómicos, sistemas agrícolas avanzados y formas de organización política complejas. Reducirlas a una imagen primitiva no es una descripción histórica, sino una forma de deslegitimar su humanidad y su capacidad creadora.

Dussel amplía esta crítica mostrando que Europa tampoco fue, durante la mayor parte de la historia, el centro del desarrollo mundial. Durante siglos, regiones como China, India y el mundo islámico ocuparon un lugar central en la producción, el comercio y la innovación tecnológica. China, por ejemplo, desarrolló mucho antes que Europa tecnologías fundamentales como el papel, la imprenta, la pólvora y la brújula, además de sistemas agrícolas e industriales altamente sofisticados. Hasta bien entrado el siglo XVIII, su nivel de producción y desarrollo tecnológico superaba o igualaba al de cualquier región europea.

Desde esta perspectiva, el desarrollo europeo aparece como un proceso tardío que se nutrió de conocimientos, técnicas y experiencias provenientes de otras civilizaciones, muchos de los avances que hicieron posible la Revolución Industrial no surgieron de manera aislada en Europa, sino que llegaron a ella a través de largos procesos de intercambio, apropiación y, en no pocos casos, saqueo. Reconocer este hecho no busca remplazar un centro por otro, sino desmontar la idea de que Europa fue el origen exclusivo del progreso humano.

Resulta peligroso que hoy se reactive la negación de la colonia y de la violencia ejercida sobre los pueblos originarios, pues se trata de una forma contemporánea de reproducir esquemas de dominación simbólica. Como sugiere Dussel, el eurocentrismo no es únicamente una herencia del pasado, sino una forma de pensar que sigue operando en el presente, especialmente cuando se normalizan discursos que minimizan la violencia histórica y despojan de dignidad a culturas enteras.

Pensar la historia desde otro horizonte implica reconocer que no existe una sola narrativa legítima; sin ser historiador esta reflexión me conduce a cuestionar relatos clásicos de la conquista, como los de Francisco López de Gómara, quien escribió sobre América sin haber pisado nunca el continente.

Lo alarmante es que esa tradición parece gozar de excelente salud, hoy reaparece en versiones renovadas, defendidas con entusiasmo por historiadores de cabecera del poder empresarial, siempre dispuestos a negar la colonia, celebrar la hispanidad y absolver la conquista desde la comodidad de un estudio televisivo. Cambian los mecenas, cambian los formatos, pero el método sigue siendo el mismo: explicar América sin América, ahora con micrófono, patrocinio y mucha seguridad… aunque con la misma distancia histórica de hace 500 años.