EL BARCO, LOS PUENTES, LAS TERAPIAS Y LA MEMORIA (I)

“Crónica de un curso de verano”

“No hay remedio. El presente camina sobre el pasado. En ocasiones se olvida su huella. Aun así, la huella siempre queda”

Desde la sucia y ardiente ciudad de Madrid de un miércoles cualquiera de un julio cercano tomamos rumbo hacia un pueblito de Ávila, cuyo nombre en breve recordaremos, dispuestos a encontrarnos con la historia y la memoria para, como si de una moderna terapia antiamnésica se tratara, ensayar algunos remedios contra el olvido en forma de palabras.

Sobre el rocín flaco de Vocesenlucha troteamos a ritmo templado, alejándonos del mundanal ruido, por esos caminos del presente al que llamamos carreteras. Cámara y pluma al hombro como aldarga antigua y lanza en astillero, nos sale al encuentro el primero de los dilemas políticos a los que se enfrenta cada día todo sujeto de aspiraciones revolucionarias en medio de la vorágine neoliberal: ¿pagamos un peaje insólito por usar unas carreteras construidas con el dinero de todos o atravesamos el puerto de Somosierra? Resignados tomamos rumbo a las alturas de la sierra de Madrid, no para `rutear´ ni escuchar pajaritos bajo un árbol, ni siquiera para enfrentar gigantes como molinos de viento, sino para curvear a lomos de este viejo rocinante apellidado 206. Ya por las llanuras de la vieja Castilla, esa que nunca recorriera el Quijote, nos envuelven los abrasados campos de amarillo `trigueante´. Después de unas horas, bajo el sol del mediodía llegamos al pueblo de nuestro destino cuyo nombre, ahora sí, nos viene a la memoria: El Barco de Ávila.

Esta tarde comienza el curso de verano de la UNED “Justicia y memoria democrática”. Tres días donde, de la mano de algunas hermosas cabezas pensantes, bucearemos en el pasado, en las memorias, en las impunidades de la historia, en los crímenes de la infamia, en las justicias del mañana. Entramos a El Barco buscando un lugar adecuado donde dar reposo a nuestro rocinante del siglo XX, sobreviviente en el siglo XXI, y almorzar algo bajo una sombra imprescindible. El pueblo está desierto en este mediodía bajo un `sol de injusticia´, que puede que algo tenga que ver con el sol al que cada mañana daban cara “con la sonrisa puesta” algunos seres no tan anacrónicos de nuestra historia. Es por eso que no nos extraña el vaciamiento generalizado de las calles. Sobre ellas avanzamos esquivando el centro y llegamos hasta las orillas del río Tormes. Para cruzarlo nos da la bienvenida un puente que fue construido por los romanos no se sabe cuándo y luego reconstruido con estilo románico. Dudamos si atravesarlo con este invento de la modernidad con el cual, por mucho que venga del pasado siglo, nos parece un ultraje pisar semejante reliquia histórica. Como usurpando los territorios de la memoria y el pasado, atravesamos este puente enmendado en el siglo XII. No hay remedio. El presente camina sobre el pasado. En ocasiones se olvida su huella. Aun así, la huella siempre queda, aunque no sea de piedra ni tome forma de puente románico.

Joan Garcés. “El gobierno de la República siempre habló de guerra de España”

Metiéndonos por fin en harina, ya con nuestras cámaras a punto, en la tarde de este miércoles cualquiera de un reciente julio, inaugura el curso el siempre fino analista Joan Garcés, que, siguiendo con los puentes, y en su estimulante costumbre de vincular pasado con presente, traza uno que conecta la impunidad en la guerra de España con la forma en que se está enfocando la crisis constitucional en relación con Cataluña, no sin antes señalar la “brutalidad” de la represión franquista, “de carácter generalizado y sistemático, y la impunidad absoluta que esa represión tuvo durante y después de la guerra en España”. Una guerra a la que se niega a llamar guerra civil por la dimensión internacional del conflicto, donde las potencias fascistas italiana y alemana están involucradas desde el minuto uno y donde acaba implicándose (tarde) la Unión Soviética en apoyo al gobierno legítimo después de que éste recurriera en primer término a Francia e Inglaterra, quienes se lavaron las manos en el vergonzoso pacto de no intervención bajo la excusa de tratarse, dijeron, de un conflicto interno. De ahí, cuenta Garcés, nace el término guerra civil, pretendiendo obviar su carácter internacional. Sin embargo, “el gobierno de la República siempre habló de guerra de España”, afirma. El mismo Garcés nos resuelve el misterio del porqué desde la llegada de la “democracia” al Estado español se materializa el deseo de algunas potencias, que “tenían mucho interés en que no se hablara en España sobre lo ocurrido desde el 36 hasta el 45, los años de la represión más sistemática”. Quizás podamos entender algo si atendemos a cómo se desarrolló nuestra Transición. Para graficarlo recurre Garcés al General Monzón Altoaguirre, miembro de los servicios secretos del almirante Carrero Blanco, quien afirma que “la Transición se hizo antes de que Adolfo Suárez fuera nombrado presidente del gobierno, las pautas de la Transición estaban hechas de antemano con los servicios secretos de Carrero, con la colaboración muy directa de los servicios secretos alemanes y coordinados por EEUU”. Quien quiera profundizar en estos hechos, y rastrear, entre otras cosas, el papel del PSOE, Felipe González y otros amiguetes sevillanos como Alfonso Guerra, antes, durante y después de la Transición, desde información de archivos nada menos que de la CIA, desclasificados en EEUU, nada mejor que acudir a un libro de cabecera como Soberanos e Intervenidos.

“Felipe VI presta juramento para cumplir unas funciones constitucionales que acaba de vulnerar”

Hablando de soberanos e intervenidos, Garcés nos recuerda un artículo suyo de 2016 llamado “El derecho a decidir de los españoles”, donde explica, de nuevo trazando puentes en la historia, la conexión entre el nombramiento de Franco como jefe de Estado en 1936, la coronación de Juan Carlos I como rey de España en 1975 y la proclamación de Felipe VI en 2014 como nuevo rey ante la abdicación de su padre. El material que une los tres hitos es que antes de ser proclamados jefes de Estado, los tres son nombrados previamente jefes de las Fuerzas Armadas. Franco por la Junta Militar que dirigía la sublevación contra República, Juan Carlos I por las órdenes dictadas por el mismo Franco, recientemente fallecido, y Felipe VI “ante la presencia de los jefes militares de los tres cuerpos del ejército”. Es después de ese acto en el Palacio Real que Felipe “se traslada a las Cortes, donde es proclamado rey”. Esto, según Garcés, es de una “carga simbólica y constitucional extraordinaria, y es una violación de la Constitución vigente, puesto que literalmente dice nuestra Constitución que el Jefe de las Fuerzas Armadas es el rey, es decir, es en la medida que es hecho rey que es jefe de las Fuerzas Armadas, y no al revés”. De modo que ese histórico 19 de junio de 2014 Felipe VI presta juramento para cumplir unas funciones constitucionales que acaba de vulnerar. En los tres casos, “el mando supremo de las Fuerzas Armadas se transmite al margen de la soberanía popular, de la representación nacional y de la Constitución en vigor”, afirmaba en el artículo. “Lo más deprimente para mí –continúa Garcés hoy– es ver en televisión a todos los cuerpos constituidos de España, desde el presidente del Tribunal Constitucional hasta la Corte del Tribunal Supremo, pasando por todos los senadores y parlamentarios, todos los grupos representativos de la soberanía española en esas Cortes aplaudiendo un acto que estaba en desafío a la lógica de una Constitución democrática”. Con estos antecedentes, no es de extrañar lo que vendría después; nos referimos al papel del rey respecto a los hechos en Catalunya.

Reyes Mate: “¿Qué pasa cuando lo impensable ocurre?”

Del primero de los conversatorios, y ya que podemos echar mano de esa hermosa trampa del relato que son los puentes en la historia, sin pretender evadir el tema catalán saltaremos ahora hasta el último de los expositores. Si la harina con la que inauguramos este pan de la memoria era de fuerza, no le queda a la zaga la plática de quien cierra el curso, el filósofo Reyes Mate, quien despliega un brillante análisis filosófico en torno a la memoria y la justicia y nos plantea cuestiones tales como el de las visiones regionales de la justicia y el problema de cómo universalizar ese concepto de justicia. ¿Qué es la justicia, el reparto equitativo de la libertad, como pretenden las teorías modernas, propias de sociedades del bienestar o el reparto equitativo del pan, como defienden las teorías latinoamericanas, propias de países con profundas desigualdades? Efectivamente, la idea de justica es relativa, contextual y múltiple. Y así las teorías de la justica, que quedan “quebradas cuando aparece en escena la memoria, novedad que sacude todas las teorías de justicia”, sostiene. “La memoria es un deber a partir de un momento, antes sólo era conocimiento. El deber de memora aparece cuando los campos de concentración nazis son liberados. Esto no puede repetirse más. La humanidad no se lo puede permitir. Hay que repensar la historia para que no se repita. Sorprende que para las víctimas la memoria tuviera tanta importancia… [Durante el III Reich] sucedió algo impensable. ¿Qué pasa cuando lo impensable ocurre?” Ahí nace el deber de memoria. Hay que “partir de lo que el hombre ha hecho aunque no seamos capaces de imaginarlo… Repensar la memoria a partir de la experiencia de la barbarie”. Extraordinario.

“Los crímenes contra la humanidad se convirtieron en orden dentro de la nueva legalidad impuesta a sangre y fuego”

Sin embargo, la charla de Reyes Mate nos deja un halo de preocupación que nos cuesta arrancarnos de otra forma que no sea echando mano a la terapia dialéctica de las palabras. Nos inquieta la importancia que Mate le otorga a un concepto como el de perdón, un término de gran ambigüedad que ha sido utilizado hasta la saciedad por aquellos que quieren convertir la voluntad de la humanidad en un remanso de agua inofensivo. Para nada creemos que el filósofo otorgue a ese concepto tal significado. No por nada apoya su posición en una filósofa y luchadora por los derechos humanos como Hannah Arendt, quien afirmó aquello de que “el perdón es la clave para la acción y la libertad”. No obstante, y a pesar de lo impoluto de su argumentación, no terminamos de sacarnos de encima esa intranquilidad al pensar cuál puede ser el significado último del concepto perdón, tan manipulado por los dueños de verdades oficiales, y la consecuencia de tal actitud extendida a nivel social. Algo que ¿acaso no padecemos ya a día de hoy? Si todo es perdonable, ¿no favorecemos la lectura hoy impuesta de dos bandos iguales? Iguales en responsabilidades. Iguales en lo ético. Iguales en la infamia. Nos queda la inquietud del peligro de prescindir del análisis del histórico conflicto entre clases que se recrudece en suelo español desde el levantamiento del 18 de julio del 36. Una batalla política llevada al más terrible de los extremos, el del horror, el de la guerra. Una batalla entre dos fuerzas que encarnaron esa confrontación histórica  que nos gusta caracterizar, cuasi infantilmente, sin miedo de ser tildados de moralistas, como las fuerzas del mal y las fuerzas del bien, representantes de esos valores universales que igualmente sintetizamos en la infamia o la dignidad. Más allá de que en nombre de esos entes universales, y apartándose de ellos, se hayan cometido de manera minoritaria, no representativa ni generalizada, los más horribles y censurables crímenes desde un lado o las más bellas muestras de amor a la humanidad desde el otro. Son esas dos fuerzas, esos dos valores, los que se enfrentaron en la guerra de España. Venció el mal, como bien sabemos. Y cuando la infamia vence, es implacable. Y fue implacable. El mismo Reyes Mate señala una diferencia, que no puede minimizarse, respecto los crímenes horrendos de ambas fuerzas enfrentadas, más allá de la puramente matemática, que es sustancial: mientras por el lado republicano esos crímenes fueron ilegales, no tolerados y censurados por el gobierno legítimo y popular, los crímenes del lado de la infamia sin embargo se llevaron a cabo por prescripción institucional, de esa institucional paralela e ilegal que fundaron los sublevados. No es baladí que más allá del fin de la guerra, esos crímenes contra la humanidad se convirtieran en orden dentro de la nueva legalidad impuesta a sangre y fuego. Es por eso que el poeta Marcos Ana, el preso político que más años pasó en cárceles franquistas, afirmó: “Una guerra civil es siempre una tragedia nacional, que sufrimos todas y todos; pero no se puede establecer un juicio salomónico y equiparar tres meses de descontrol (agosto-octubre, de 1936, en el área republicana) con un genocidio frío y sistemático que duró casi cuarenta años (desde 1936 hasta 1975 bajo el franquismo). Sin olvidar que no es igual luchar contra la libertad que defenderla”.

Hay otro hecho fundamental en este asunto, que tiene que ver con las víctimas en sentido amplio, incluyendo a las que quedan tanto o más como a las que se fueron. Mientras las víctimas y familiares de los crímenes perpetrados por las tan ruidosas como amplificadas notas sueltas del lado republicano tuvieron reconocimiento, honor y gloria durante más de medio siglo por parte de una legalidad institucional todavía hoy en estado de continuidad, las víctimas producidas por el lado de la infamia nunca jamás han gozado de tal reconocimiento oficial, y muchas de ellas yacen aún perdidas y desaparecidas en las cunetas del olvido. ¿Se puede bajo estas circunstancias perdonar? Más allá de la inquietud, no tenemos una respuesta clara. Volveremos a ello.

Detrás de los panelistas de la sala de conferencias donde se inaugura el curso, que nos será “arrebatada” por otro curso de temática más de moda en estos días del cual luego hablaremos, nos mira un colorido cuadro con la estampa de El Barco de Ávila. Ahí está el río Tormes, y ahí está, observándonos, el viejo puente románico recordándonos un pasado donde  burros, bueyes, campesinas y campesinos, habitaban un tiempo que ya no existe, un tiempo muerto en la historia. Una mancha emborronada en el pasado que no vemos cegados por las luces de neón de la modernidad. Ahí está el pasado con sus piedras y sus burros y sus puentes y sus campesinas y la tierra que nos grita para que la miremos agonizante. Ahí está el pasado gritándonos. ¡Estoy vivo en el presente! Y nosotros, más burros que los burros, sólo viendo presente. Inmaculado, plano, hueco, vacío, impreciso, ansioso, perdido, desubicado.

María del Mar González: “Desde el primer momento se fusiló por ser sospechoso de ser republicano”.

La mesa redonda “Memoria y represión en la provincia de Ávila” nos aterriza en el terror concreto, en lo gráfico de la memoria a pie de calle, de olor a pueblo, pólvora, e ignominia. Como la que sufrió la provincia de Ávila, que quedó dividida en dos. Al norte, la infamia, al sur, la dignidad. En la ciudad de Ávila se fusila al último gobernador civil, se clausura Correos, Telégrafos y la Casa del Pueblo, donde se queman libros. Ávila vive una pequeña guerra, casi de guerrillas, nos relata María del Mar González de la Peña, nieta de desaparecido por los crímenes del franquismo que expone un relato estremecedor.  “Desde el primer momento se fusiló por ser sospechoso de ser republicano. Para el derecho penal franquista, la simple defensa de determinadas ideas era punible. Como Hitler, la policía te detiene antes de cometer el delito. Una guerra total”. Guerra total que se proyecta hacia el futuro. Es por eso, que esta compañera bibliotecaria afirma categórica: “todos, incluso los nacidos en democracia, somos víctimas del franquismo”. Si María del Mar hablaba de quema de libros, el siguiente ponente, Rafael Sánchez Gutiérrez, nos habla, como maestro que es, de la grave represión que sufrió el mundo de los maestros y maestras. “La provincia de Ávila es, después de León, donde más maestros fueron asesinados. ¿Por qué esa persecución al maestro?”. La República emprendió grandes reformas educativas. Construcción de escuelas, universalización de la enseñanza, modelo laico, democratización del sistema educativo,… Algo que la infamia nunca puede tolerar. “Muchos maestros abulenses estaban sindicados para luchar por la escuela nacional y pública”. Los maestros que quedan en la zona nacional sufren el terror. De julio a noviembre, nos cuenta Rafael, se desata el llamado “Terror caliente”, cuando “se asesina a maestros con juicios sumarios realizados por dos falangistas y un cura. Las cruces en las listas son señaladas por el Obispo de Ávila”. Bruno Coca Arenas, del Foro por la Memora de Ávila, cierra esta mesa, que comienza describiendo cómo “alrededor de 1.000 personas fueron asesinadas en la provincia de Ávila. Una represión que se ensañó con alcaldes, concejales y también jornaleros del Frente Popular. Algunos curas se enfundaron el mono azul [de los falangistas] y mataron. Se practicaron enterramientos vivos. Algunos patronos mataron a segadores para no pagarles los jornales”. Curiosamente, hace unos días, caminando por Navaluenga, un pueblito de Ávila junto al río Alberche, nos topamos con Isaac, un campesino que vende sus productos de la huerta en un puestito, que devuelve a la tierra lo que la tierra le da y conversa con los árboles como buen poeta campesino que es. Al padre de Isaac y otros ocho compañeros se los llevaron unos falangistas porque el patrón no quería pagarles y les acusó de comunistas. Ya frente al paredón, a punto de ser fusilados, uno de los guardias civiles reconoce a uno de los jornaleros y les dice: “¿estos son los comunistas que vais a matar?”. Gracias a semejante azar, pudieron seguir respirando.

Emilio Silva: “9.700 republicanos españoles fueron deportados a los campos de concentración”

Emilio Silva, Presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), nos habla, entre otras cosas, de la represión y la impunidad económica. Durante el franquismo, se aprueba un decreto “que se reserva el 80% de las plazas públicas a aquellos que limpiaron de marxistas España. La gente tenía que ser insignificante. No se podían significar. Podemos hablar de un apartheid español, donde los recursos y oportunidades eran sólo para los vencedores. Se llevaron por delante la vida de 55.000 personas. 9.700 republicanos españoles fueron deportados a los campos de concentración”. Poco se cuenta en estas tierras desmemoriadas de los esclavos del franquismo. Como poco se cuenta de la Transición que nos vendieron, donde se aprobaron leyes vergonzosas como la Ley de Amnistía del 77. Ley de amnistía y de amnesia colectiva, debería llamarse. El intento de golpe de Estado del 23-F “tuvo un efecto psicosocial tremendo. Se hizo para ser visto. No es casualidad que las cámaras siguieran conectadas”. De aquellos polvos, estos lodos. No es casualidad tampoco que “todos los gobiernos permitan la existencia de la Fundación Francisco Franco. Todos condecoraron a Billy el Niño. No existe un reconocimiento público a las personas que lucharon contra el fascismo”. La memoria desdibujada deja rastro en la ciudad. Por eso el “Arco de la Victoria, que celebra la victoria de los fascistas en la ciudad de Madrid”, sigue siendo un espacio de exaltación reaccionaria y no de señalamiento de la infamia. Como el actual Valle de los Caídos, tan presente en los medios estos días en que pone el grito en el cielo el franquismo explícito y el sociológico ante una decisión como trasladar a Franco de ese mausoleo construido por esclavos republicanos. “Tristes tiempos estos, en que hay que luchar por lo evidente”. ¿A quién beneficia este escenario? ¿A la memoria de la dignidad?

Begoña López Anguita: “Existe un pacto de olvido”

A día de hoy, nos recuerda la magistrada Begoña López Anguita, “no existe una condena real y efectiva a la dictadura franquista. Existe un pacto de olvido. Hasta el año 2002, no llega la primera proposición no de ley para instar al gobierno a hacer algo”. Sin embargo, se trata de algo “puramente simbólico, una declaración de principios”. No existe un censo de los desaparecidos por desaparición forzada en España, pero se calcula que hablamos de “114.000 desaparecidos. El Estado es responsable de esos crímenes contra la humanidad. El Estado emprendió acciones para eliminar a un enemigo político”. Reconocer eso “es una cuestión de voluntad política”. ¿Existe hoy realmente, más allá de las bombas de humo?, nos preguntamos. “Parece que ahora la hay”, afirma Begoña.

Continuará

Todas las conferencias de este curso de verano de la UNED pueden visualizarse en el siguiente enlace:

Curso “Justicia y Memoria democrática”

Texto publicado en Emancipación-Siglo XXI,  ContrahegemoníaWeb y Rebelión