Por Claudio Katz

«El Kremlin cuida la retaguardia, mantiene la ofensiva en las trincheras y preserva sus demandas en las negociaciones. Le exige a Occidente la desmilitarización de Ucrania y el fin de la injerencia del Pentágono en Moldavia, Rumania, Georgia, Armenia y Azerbaiyán.»

22 de junio de 2026

La guerra contra Irán está modificando el otro conflicto bélico actual de gran alcance que se desenvuelve en Ucrania. Allí se agrava la tensión y se debilitan las posibilidades de algún armisticio, a medida que Trump relega su intención de acordar con Putin. La escalada occidental contra Rusia fomenta respuestas, que pueden desembocar en una conflagración general.

UN ACOSO DE LARGA DATA

La guerra contra Rusia es un viejo objetivo de las elites capitalistas de Estados Unidos y Europa, que durante todo el siglo XX apostaron a la demolición de la Unión Soviética para contrarrestar el desafío socialista.

La implosión de la URSS envalentonó a los agresores que intentaron debilitar, dividir o neutralizar a su gran rival euroasiático. Buscaron capturar los inconmensurables recursos naturales y materiales de ese país y estuvieron a punto de conseguir el desmembramiento de Rusia durante el desgobierno de Yeltsin. Posteriormente optaron por una estrategia de provocación y acoso.

Esa ofensiva se consumó mediante la ampliación de la OTAN hacia el Este y el establecimiento de una red de bases militares en las fronteras de Rusia. Esa estrategia fue asumida como una política de Estado por los mandatarios estadounidenses y europeos de distinto signo. En el auge de la unipolaridad se concibió incluso la propia integración de Rusia a la OTAN para precipitar su desmantelamiento (Mearsheimer, 2026). Cuando el Kremlin puso un freno al hostigamiento exigiendo el fin del asedio fronterizo, el conflicto subió de tono y desencadenó la guerra de Ucrania.

Estados Unidos promovió con especial intensidad ese conflicto, para forzar la ruptura de Europa con Rusia y aumentar el padrinazgo norteamericano sobre su socio transatlántico (Coll, 2026). La sangría de Ucrania aceleró drásticamente ese proceso, especialmente en el plano económico, mediante el acompañamiento de Bruselas a las sanciones impuestas por Washington a Moscú.

Ese seguimiento derivó en la asfixia energética que afronta el Viejo Continente, desde el sabotaje de la CIA al gasoducto Nord Stream. Ese atentado detonó un deterioro energético que ha privado a la Unión Europea del gas barato suministrado por su abastecedor ruso. Las compras de ese origen se desplomaron del 40 % al 9% del total de gas importado y precipitaron dramáticas consecuencias para la industria del continente. La sustitución del combustible barato de Rusia por el encarecido gas licuado estadounidense ha demolido la competitividad de Alemania.

Ese desmoronamiento económico europeo contrasta con la salida que encontró Rusia para lidiar con las sanciones de Occidente. Optó por un drástico giro comercial hacia Oriente, que le permitió sustituir mercados y asegurar el flujo de divisas requerido para financiar la costosa guerra de Ucrania (Ellner, 2026). Mientras que el intercambio de Rusia con Europa decayó del 47 % al 11 % del total comercializado, su vínculo con los países asiáticos saltó del 29 al 66 % (Boron, 2025). Moscú ha logrado sobrellevar la contienda bélica con nítidas ventajas. Al cabo de cuatro años de mortíferas confrontaciones inclinó la guerra a su favor. Mantiene la supremacía general de los enfrentamientos y fija el ritmo de los desenlaces. La larga trinchera que separa a los contrincantes se mueve con lentitud por decisión del Kremlin, que pospone una drástica ofensiva para ahorrar bajas y evitar una irremontable ruptura con vecinos de su propia configuración.

Putin no ha mostrado ninguna urgencia en demoler a sus enemigos en el campo de batalla, porque apuesta al auto deterioro de su enemigo. Todas las contraofensivas que intentó Zelensky terminaron en fracasos, que acentuaron el declive de esa corrupta presidencia.  

El resultado actual del conflicto descoloca a Washington y a Bruselas, que inicialmente esperaban un desplome de Rusia semejante al sufrido en Afganistán y posteriormente apostaron a una mayor capacidad de resistencia de Kiev.

DESVENTURAS Y ESCALADAS

Desde su llegada a la Casa Blanca Trump afronta una interminable sucesión de adversidades para acordar con Putin. Mantuvo encuentros con su par para concertar ese convenio y le propuso un reparto de las riquezas de Ucrania entre las dos potencias. Negoció especialmente el despojo de los recursos naturales, con los ojos puestos en el acervo mineral, las reservas de carbón y las enormes extensiones de tierra del suelo más fértil de Europa.

El magnate concibió, además, un ambicioso programa de privatización de los activos estatales bajo control de empresas estadounidenses, diseñado por el principal fondo de inversión de Occidente (Blackrock). Aprobó un completo plan de remodelación de Ucrania basado en exenciones fiscales, ventajas arancelarias y privilegios monetarios para el dólar (Pont, 2025a).

Su proyecto de reconstrucción abría enormes negocios para las empresas interesadas en lucrar con la rehabilitación de una economía demolida, pero con gran perspectiva de exportación de granos y remate de los activos desvalorizados por la guerra. La condición de esos emprendimientos era la finalización de un conflicto que Trump intentó negociar sin ningún éxito.

Putin simplemente repitió las mismas exigencias que desataron la confrontación. Reclamó la desmilitarización de Ucrania, la reducción del ejército de ese país a una acotada guardia, el explícito alejamiento de la OTAN y la fijación de estrictos límites a la red de misiles instalados en Europa del Este. A esas viejas demandas, añadió la incorporación de los territorios conquistados en el campo de batalla. Los globalistas del Congreso, del gabinete y del “Estado profundo” yanqui vetaron esas tratativas y sepultaron el intento contemporizador de Trump (Gorraiz, 2025).

El magnate tampoco pudo distanciar a Rusia de China para negociar con un interlocutor aislado. Pretendió romper la alianza entre ambas potencias, invirtiendo la jugada que consumaron Nixon y Kissinger en los años 70. Buscó concentrar los esfuerzos norteamericanos contra el rival económico (China), acordando con el adversario geopolítico (Rusia). Y ensayó ese rumbo sabiendo que, a diferencia de la guerra fría Estados Unidos debe lidiar con una ascendente economía asiática y no con la estancada Unión Soviética.

Pero todo el viraje estratégico concebido por Trump para privilegiar la batalla económica contra China quedó diluido. No pudo delegar en Europa el conflicto con Rusia, ni descargar sobre Israel y Arabia Saudita las tensiones de Medio Oriente. Con el fracaso en Ucrania se desmoronó esa remodelación de los tres frentes y se impuso la nueva escalada guerrera, que los globalistas le han impuesto a la Casa Blanca, con el aval, la resistencia o la resignación de Trump.

Esas vertientes ultra belicistas han forzado en el último año una sucesión de ataques, que elevaron sustancialmente la confrontación. Sus embestidas actuales incluyen incursiones contra los centros rusos de alerta nuclear, ataques contra la residencia de Putin y andanadas contra los grandes arsenales.

Ya se verifica, además, un goteo semanal de víctimas civiles por acciones terroristas, que se han cobrado la vida de militares, periodistas y diputados. Trenes, ciudades alejadas y cargueros rusos han recibido los impactos de los drones que Occidente lanza en todo el país, luego de haber fallado en Irán (Poch, 2026). Las últimas dos incursiones a un evento internacional en San Petersburgo y a las refinerías de Moscú han sido provocaciones de una insólita osadía. 

El alto mando de la OTAN que organiza y guía esos operativos está rompiendo todas las barreras y es responsable del asesinato de los jóvenes de una residencia estudiantil, que sufrieron un atentado semejante al padecido por los escolares de Irán. El grado de convalidación de Trump a estas agresiones es una incógnita. No cabe duda que contradice su proyecto inicial, pero el magnate es un oportunista consumado que cambia de bando sin ningún escrúpulo.

Distintos analistas consideran que ciertos crímenes (como la primera lluvia de drones ucranianos a los aeródromos e instalaciones ferroviarias rusas) se efectivizaron a espaldas del ocupante de la Casa Blanca (Pont, 2025b), pero otros evaluadores resaltan la aprobación presidencial al giro belicista. En cualquiera de las dos alternativas, la guerra se expande con un gran perdedor en el medio.

LA AUTODESTRUCCIÓN DE EUROPA

Estados Unidos empujó a Europa al conflicto de Ucrania para agredir a Rusia y acrecentar la dependencia del Viejo Continente del mandante americano. Biden potenció esa estrategia y Trump la extendió a nuevos terrenos. El magnate intenta latinoamericanizar a Europa con exigencias arancelarias, mayor dependencia energética, atadura a las tecnologías digitales y subordinación del euro al dólar.

Trump no oculta su pretensión de reindustrializar a Estados Unidos desindustrializando a sus principales socios de Occidente. Propicia el explícito traslado de plantas fabriles a la otra orilla del Atlántico y promueve el rearme europeo con pertrechos provistos por el complejo industrial-militar norteamericano. Por eso convalida la rusofobia que han sembrado los estrategas yanquis entre las élites europeas, para generalizar el pánico y justificar la militarización.

El potentado de la Casa Blanca apuntala especialmente la red de vasallos ultraderechistas, que erosiona la continuidad de la Unión Europa. Desde Banon hasta Musk, esos emisarios alientan la potencial fractura y la eventual balcanización del Viejo Continente (Godin, 2025). La campaña de Trump para capturar Groenlandia, por ejemplo, apunta a ese sometimiento total de Europa. El magnate ha manejado tres alternativas: comprar, invadir o asociar ese territorio a Estados Unidos, para forzar su entrega por parte de Dinamarca.

En realidad, el Departamento de Estado podría negociar con mucha facilidad la ampliación de las bases militares yanquis y su control de los recursos naturales de la isla más grande del mundo. Ni siquiera el gigantesco y costoso escudo antimisiles que el Pentágono está montando en el Ártico (“cúpula dorada”) requiere la apropiación de Groenlandia. Trump promueve esa captura para exhibir poder humillando a Europa (Aguirre 2026).            

Pero esa subordinación -en un clima de inmanejables presiones bélicas- ha creado el mayor escenario de guerra general contra Rusia, desde la mitad del siglo pasado. El socio británico del Pentágono es el principal gestor de esa bomba de tiempo, porque ha diseñado detallados planes de gestación de una gran conflagración para el año 2030.

Siguiendo ese plan, Londres torpedea las negociaciones de paz entre Kiev y Moscú. Los servicios secretos ingleses operan como la mano oculta de los atentados ucranianos contra los uniformados y los civiles al interior de Rusia y la armada británica comanda la creación de una gran flota de Europa del Norte para batallar en el Mar Báltico.

Alemania es el otro pilar de los preparativos bélicos. Toda su economía se está reconvirtiendo velozmente para alumbrar el mayor ejército del continente. Con una penetrante campaña de rusofobia y anticomunismo, el gobierno está borrando la historia del nazismo y en un rapto de amnesia colectiva, vuelve a emerger la potencia que provocó la mayor matanza la historia.

Mientras las plantas automotrices germanas que no puede competir con China son transformadas en fábricas de tanques, se multiplican los proyectos para restaurar el alistamiento masivo, entre la masa de empobrecidos desempleados que provocará la quiebra industrial del país. Una conocida personalidad de la diplomacia y la academia estadounidense acaba de escribir una desesperada carta pública, instando al canciller alemán a frenar esa vertiginosa marcha al abismo (Sachs, 2026).

Los países bálticos despuntan como el principal escenario de un conflicto generalizado con Rusia. Occidente ha resuelto sacrificarlos, con el mismo desdén que ultimó a Ucrania. Desde Letonia y Lituania, la OTAN lanza provocaciones contra la población rusa, mientras entrega a Polonia un sofisticado armamento. En Rumania ensaya operativos de falsa bandera para evaluar las respuestas de Moscú (Krainer, 2026).

Los belicistas de Bruselas proclaman, una y otra vez, que Europa debe preparase para contener la gran invasión que Rusia perpetraría dentro de pocos años. No brindan datos o indicios de ese peligro, tampoco explican las causas de esa incursión, ni menos aún la lógica o sentido que tendría esa ofensiva. Omiten, además, que si Moscu pretendiera realizar esa agresión la consumaría cuánto antes, sin esperar el rearme de su víctima. Pero todas esas inconsistencias pasan de largo, en el clima de ceguera bélica imperante en la región.

Washington (y no Bruselas) mueve todos los hilos de esta trama. Incrementa la venta de armas a Europa y amolda los pertrechos a las normas del Pentágono, para manejar todas las piezas de un eventual conflicto. La primera línea de tropas polacas, rumanas, ucranianas y bálticas recibe el arsenal que intermedian los europeos, pero fabrican y controlan los norteamericanos.

LA POTENCIAL FRACTURA TRANSATLÁNTICA

Luego de haber padecido dos tragedias bélicas mayúsculas en la centuria pasada, Europa afronta nuevamente la pesadilla de otra sangrienta conflagración. Esa posibilidad reaparece por la desmemoria histórica, la magnitud de la crisis económica y el declive del capitalismo europeo que no asumen los grupos dominantes.

El Viejo Continente se quedó sin oxígeno político luego de la deserción inglesa (Brexit) e ingresó en un tobogán descendente desde el estallido de la guerra de Ucrania. Bruselas ha perdido toda autoridad y ya no cuenta siquiera, con el protagonismo que exhibió en la década pasada para someter a Grecia. Esa impotencia se verifica, por ejemplo, en su incapacidad para gestionar los activos financieros rusos, que mantiene congelados desde hace cuatro años. Bruselas no se decide a utilizarlos, devolverlos o confiscarlos por los efectos de cualquiera de esas medidas sobre la estabilidad y confiabilidad del euro (Kersffeld, 2026).

En este marco de incontables vacilaciones, la marea bélica continúa ascendiendo, junto a las voces que alertan del peligro afrontado por Europa, si queda atrapada en la agresión de Estados Unidos contra Rusia. Por el momento se verifica una división interna de tres alineamientos para lidiar con ese contexto.

Los gobiernos austrohúngaros (Eslovaquia, Hungría y quizás Chequia) rechazan la efervescencia militarista, las administraciones mediterráneas (Francia, Italia) objetan ese curso sin contenerlo y sólo los bálticos, polacos y escandinavos parecen embarcados en seguir el libreto bélico que motoriza Inglaterra, convalida Alemania y escribe Estados Unidos.

Pero los nubarrones que genera ese sometimiento a la digitación militarista norteamericana, ya se traducen en una inédita crisis de las relaciones transatlánticas. Esa fractura introduce una controvertida perspectiva que Washington desconsidera, con la misma ceguera que atropella al resto del mundo.

La multiplicación de convenios comerciales de Europa con socios de Asia y los trastornos que afrontan los mismos tratados entre el Viejo y el Nuevo Continente, ilustran la creciente dimensión de las tensiones euroamericanas (Torres López, 2026). Esas divergencias subieron de tono con el distanciamiento generado por la guerra contra Irán. La mayor parte de los gobiernos europeos apoyó inicialmente esa embestida, pero cuando Trump pidió auxilios y especialmente el envío de tropas para abrir el estrecho de Ormuz, todos miraron para otro lado.

La postura explícitamente crítica de España agravó esa disidencia. Sánchez olfateó el rechazo a la guerra y fue observado con cierta sintonía por sus pares de Francia e Italia. Algunos gobiernos negociaron incluso con Irán el tránsito de sus navíos por Ormuz sin pagar en dólares. Percibieron de entrada que la guerra de Trump era una causa perdida y observan ahora a Rusia para definir los próximos pasos.

DEFINICIONES CRUCIALES

Al cabo de cuatro años y centenares de miles de muertos, la guerra de Ucrania continúa sin definición por la cautela que exhibe Putin, para propinar un golpe fulminante. Mantiene la ofensiva en el campo de batalla y neutraliza parcialmente las operaciones aventureras que lanza Zelensky, para compensar las derrotas ucranianas en el frente.

El Kremlin cuida la retaguardia, mantiene la ofensiva en las trincheras y preserva sus demandas en las negociaciones. Le exige a Occidente la desmilitarización de Ucrania y el fin de la injerencia del Pentágono en Moldavia, Rumania, Georgia, Armenia y Azerbaiyán.

Putin sostiene su estratégica combinación de firmeza diplomática y moderación bélica. Consolidó su prolongado mandato con victorias electorales en el opaco sistema de comicios rusos y usufructúa de una pasividad popular que no fue alterada por la guerra.

El oficialismo ha utilizado el conflicto para recrear las convocatorias a defender la patria, reclutando jóvenes en las zonas empobrecidas. El líder moscovita reforzó además su autoridad, luego de eliminar al grupo paramilitar que lideraba Prigozhin. Esa limpieza cohesionó la estructura del ejército, que estaba amenazada por el protagonismo de las milicias privadas. Pero la paciencia de Putin está llegando a un punto límite, frente a la creciente presión del ala dura del gobierno moscovita, que exige respuestas contundentes a las provocaciones de Occidente. Karaganov expone con descarnada crudeza esa demanda. Afirma que Rusia debe restaurar con virulentas amenazas la disuasión nuclear y señala que la pérdida de ese temor ha inducido a los militaristas europeos, a consumar inaceptables ataques al interior de Rusia. Considera incluso que se justifica el uso limitado y puntual de armas atómicas, si Occidente no detiene su escalada (Karaganov, 2026).

Ya hay funcionarios de alto nivel como Medvedev y Lavrov que también reclaman acciones contundentes y esa petición tiene eco en los medios de comunicación (Crooke, 2026). Todos alzan la voz contra la moderación oficial, con propuestas que van desde multiplicar la guerra de drones, hasta la introducir una nueva enmienda en la doctrina nuclear. La lista de instalaciones industriales de Alemania implicadas en incursiones contra territorio ruso -que recientemente publicó el ministerio de Defensa- es una nítida advertencia del Kremlin.

Putin afronta el dilema de subir la apuesta, sopesado todas las consecuencias de cruzar la raya que se autoimpuso. Está convencido de la inconveniencia de un conflicto mayor, pero registra el duro revés que le impuso Irán al Pentágono con drásticas reacciones. En ese balance cobra especial relevancia la postura de China, que ha situado en otro plano su relación con Estados Unidos. Analizaremos ese nuevo dato en nuestro próximo texto.

                                                                                   21-6-2026

RESUMEN

El acoso occidental de larga data contra Rusia escaló con la guerra de Ucrania, que deterioró a la economía europea y aumentó su subordinación a Estados Unidos. Frente al freno ruso de esa embestida y la reorientación de su comercio, los belicistas euro-americanos tantean un conflicto de mayor alcance. Crece la rusofobia que autodestruye al Viejo Continente, pero despunta una inédita crisis transatlántica. Putin sopesa las consecuencias de convalidar la exigencia interna de drásticas respuestas.

REFERENCIAS

-Mearsheimer, John (2026). La Guerra Fría 2.0 y la derrota de la OTAN en Ucrania. Entrevista audiovisual de Clenn Diesen a John J. Mearsheimer

-Coll, Andreu (2026). Nuevos imperialismos, nueva geopolítica. De la guerra fría a la guerra blanca. Decadencia capitalista e imperialismos

-Ellner, Steve (2026). El imperialismo estadounidense entra en una nueva etapa

-Boron, Atilio (2025). Estados Unidos. Trump desbocado y derrotado 

-Pont, Alejandro Marcó del (2025a). Letra chica, grandes negocios. El acuerdo EEUU-Ucrania

-Gorraiz, German (2025) Estados Unidos ¿Se rendirá Trump a los globalistas?

-Poch de Feliu, Rafael (2026). Este año la guerra podría extenderse en Europa

-Marco del Pont (2025b). ¿Quién controla realmente la política exterior de Estados Unidos? 

-Godin, Romaric (2025) Elon Musk reitera su apoyo a la extrema derecha alemana en su intento de construir un mundo propio

-Aguirre Ernest (2026) Groenlandia es la punta de lanza de Trump para destruir la OTAN y deslegitimar a Europa

-Sachs, Jeffrey D (2026) ¡Evite una guerra abierta con Rusia!

-Krainer, Alex (2026). ¿Rusia ataca a Rumanía? ¿Falsa bandera ucraniana o advertencia rusa?

-Kersffeld, Daniel (2026). La guerra de Ucrania no termina en 2026

-Torres López, Juán (2026). El doloroso declive de los imperios

-Karaganov, Sergey (2026). El ataque nuclear a Europa para restaurar la disuasión. Entrevista audiovisual de Glenn Diesen a Sergey Karaganov y John J. Mearsheimer

-Crooke Alastair (2026). La guerra con Irán redefine la geopolítica mundial Entrevista audiovisual de Glenn Diesen con Alastair Crooke.