Por Rosa Miriam Elizalde

«Vencer sin combatir, quebrar la voluntad antes que los ejércitos, aislar, confundir, desgastar y desmoralizar son expresiones superiores del arte de la dominación, que están aplicando a Cuba. La isla es, en ese sentido, un caso de manual de guerra multidimensional o híbrida.» 

3 de julio de 2026 | Fuente La Jornada

El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, elevó el tono de la denuncia: la agresión del gobierno de Estados Unidos contra la isla es “multidimensional”. Por tanto, en conferencia de prensa este martes, anunció que Cuba solicitó una sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas para el próximo 7 de julio, con el objetivo de llevar ante la comunidad internacional el impacto del bloqueo económico y energético, mientras el Departamento de Estado hace gestiones para frenar el debate en la ONU. 

Lo de guerra híbrida o multidimensional lo hemos escuchado muchas veces, pero su consistencia y su materialización no son explicadas, no son incorporadas como vector, no son accesibles porque precisamente el poder destructor, mafioso e ilegal de este tipo de agresiones es lograr que ataquen a un país sin que intervengan las fuerzas armadas. 

Vencer sin combatir, quebrar la voluntad antes que los ejércitos, aislar, confundir, desgastar y desmoralizar son expresiones superiores del arte de la dominación, que están aplicando a Cuba. La isla es, en ese sentido, un caso de manual de guerra multidimensional o híbrida. 

La investigadora mexicana Ana Esther Ceceña ha documentado cómo las formas contemporáneas de dominación no se limitan al uso directo de fuerzas armadas, sino que operan sobre el “espectro completo”: economía, finanzas, energía, comunicación, diplomacia, subjetividad social y condiciones materiales de vida. Pero veámoslo paso a paso. 

La guerra ya no busca sólo destruir, sino desgastar. Contra Cuba se aplica una guerra de larga duración. No necesita una declaración formal porque opera por acumulación. Cada sanción, cada prohibición, cada presión sobre terceros países, cada obstáculo a la compra de combustible, alimentos, medicamentos o piezas de repuesto forma parte de un mismo diseño: hacer ingobernable la vida. La agresión se mide en cansancio social, en ansiedad, en espera, en deterioro material y en dolor acumulado. 

El blanco real es la población. La narrativa estadounidense suele presentar sus medidas como presión política. Pero cuando se impide adquirir combustible, se limita el acceso a créditos, se persiguen transacciones financieras, se encarecen importaciones y se bloquean rutas comerciales, el impacto no queda en los despachos del poder. Baja a la mesa, al barrio, a la escuela, al policlínico, a la cola, al transporte, a la vida doméstica. Sin ir más lejos, ayer en Matanzas, provincia del occidente, se reportaban más de 70 horas sin electricidad. 

Esa es la clave de la agresión multidimensional: convierte a todo un pueblo en campo de batalla. No dispara directamente contra los cuerpos, pero organiza las condiciones para que enfermen, esperen, se agoten, emigren, se desesperen o se enfrenten entre sí. A veces, la violencia más eficaz es la que se administra como escasez. 

La simultaneidad es el método. El bloqueo no actúa solo. Se combina con guerra comunicacional, persecución financiera, cerco energético, operaciones de descrédito, amenazas diplomáticas y presión sobre organismos internacionales. Todo ocurre a la vez. Esa simultaneidad impide respirar. Cuando falta combustible, se amplifica la idea de colapso. 

Cuando hay apagones, se alimenta la desesperanza. Cuando Cuba intenta comprar, se amenaza al vendedor. Cuando intenta financiarse, se castiga al banco. Cuando denuncia, se intenta aislarla. Cuando resiste, se le acusa de fracasar. 

La impunidad sostiene el crimen. Estados Unidos actúa como si el derecho internacional fuera obligatorio para los demás y opcional para sí mismo. Durante décadas, la comunidad internacional ha rechazado de forma casi unánime el bloqueo contra Cuba. Sin embargo, Washington lo mantiene, lo actualiza y lo endurece. Esa impunidad no es un exceso accidental. Es parte del mecanismo. Busca demostrar que una potencia puede castigar a un país entero, aunque el mundo lo condene. Que puede convertir normas, bancos, seguros, navieras, plataformas y mercados en instrumentos de coerción. Que puede hacer daño y llamar a ese daño “política exterior”. 

La guerra también disputa el sentido. A Cuba no sólo se le bloquea. Se le narra. Se le caricaturiza. Se le reduce a crisis, fracaso, represión o ruina. La agresión necesita producir una explicación simple: si el pueblo sufre, la culpa es sólo de su gobierno; si el bloqueo mata lentamente, no existe; si la resistencia continúa, se presenta como terquedad. La guerra comunicacional busca separar causa y consecuencia. Borra la mano que aprieta y luego señala al cuerpo que se asfixia. Convierte a la víctima en culpable y al agresor en juez. 

Defender a Cuba es defender un límite. La sesión del 7 de julio en Naciones Unidas debe entenderse como una defensa de Cuba, pero también como un amparo al derecho de todos los pueblos a existir sin chantaje. Si se acepta que una potencia puede someter a un país por hambre, energía, crédito, comercio, información y miedo, entonces ningún otro estará a salvo