PIEZAS DE UN MUNDO HABITABLE

Por Jairo Fuentes

«La lucha era por igualdad de derechos para todos, siendo así, no solo me eché el proyecto al hombro sino también el fusil para conseguirlo. Sin embargo, me encontré con que en este nuevo tablero también había fichas que no encajaban. Los maricas, por ejemplo. Las mujeres sí, pero de manera marginal».

Conocimos a Jairo Fuentes en el Centro Penitenciario de Bellavista, en Medellín, Colombia. Debido al proceso de paz entre el Ejército de Liberación Nacional y el gobierno, los comandantes del ELN allí recluidos consiguieron crear un espacio de diálogo con el movimiento social y organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales para avanzar hacia una paz con justicia social. En ese marco nos encontramos con Jairo, quien comenzó a colaborar en Vocesenlucha con algunos escritos. Ese espacio denominado “Territorio de siembras, sueños, saberes y esperanzas”, fue desmantelado sin previo aviso una mañana de enero de 2019 y los prisioneros llevados a cárceles de máxima seguridad junto a presos comunes. Ahí perdimos el contacto con Jairo. Recientemente, y gracias a manos solidarias, recibimos otro de sus escritos con unas palabras de introducción:

Estimados Vanessa y Raúl

Como siempre, reciban mi afectuoso saludo acompañado de inmensos deseos para que sus labores en pro de los procesos sociales se vean recompensada con éxitos.

Después de tanto silencio impuesto por las restricciones del nuevo régimen al que me encuentro sometido, aprovecho para comunicarme nuevamente, intentando con esto romper el aislamiento al que se me quiere conminar.

El frío enfría constantemente mi piel, pero mi corazón, aunque remendado, recibe el calor de mis compañeros de confinamiento y el aliento de quienes desde el otro lado de los muros y las alambradas y desde la distancia me siguen abrazando, al persistir en la lucha por un mundo en el que el ser humano se entrelace con sus semejantes y con el conjunto de la naturaleza.

Un inmenso abrazo para ustedes dos y para todos aquellos quienes, a pesar de todo, siguen junto conmigo empeñados en soñar.

Con cariño,

Jairo

P.D. Adjunto les hago llegar otro escrito con el ánimo de que lo consideren para su difusión en su portal. No le he puesto título dejando en ustedes esa responsabilidad.

PIEZAS DE UN MUNDO HABITABLE

Las piezas de un rompecabezas están diseñadas para encajar perfectamente en su lugar. Sin embargo, a veces sucede que alguna queda con cierta “imperfección” que hace que acomodarla en su sitio no sea siempre fácil, y por lo tanto haya que forzarla un poco para que se amolde con las de su entorno.

Desde luego que sucede también, a veces, que al forzar la pieza “imperfecta” no solo ésta sino también las que la rodean se van deformando, al contrario de lo que el diseñador o el armador pretendían.

Es así que, como en el rompecabezas, en las sociedades hay piezas que no encajan, o bien porque la sociedad las rechaza, o porque la pieza se niega a entrar en el juego.

En analogía con lo dicho, siento que en la sociedad en la que me ha tocado vivir, soy una de esas piezas que no encajan. Nací en el entorno de la segunda mitad del siglo XX, cuando la humanidad había logrado un altísimo nivel de desarrollo tecnológico, tanto como para matarse por millones en dos guerras mundiales; cuando cansada de explorar y explotar el mundo en el que vive, puso sus ojos y sus objetivos en la inmensa distancia espacial. Aun con todo, a mi pobre madre le tocó parirme en medio de la oscuridad de un rancho viejo, apenas disipada por unas velas de parafina, afortunadamente con asistencia “médica”, pues estuvo a cargo una avezada partera que logró hacerme respirar a la fuerza para que mi entrada al rompecabezas de la vida no fuera tan corta.

Por otro lado, mi niñez se encargó de ratificar que por más que me esforzara, no encontraba mi sitio debido a una débil salud que no me permitía jugar como los demás niños, más aún si se le suma la prohibición maternal, al considerarse por esa parte, que cualquier deseo de juegos era vagabundería.

Por ende, mi escolaridad fue muy fructífera en calificaciones, pero pésima en actividades lúdicas, y para colmo de males, el “buen estudiante” tampoco encajó en el juego de quienes solo querían que el tiempo transcurriera para que llegaran las vacaciones.

Por su parte, la academia tampoco me encontraba acomodo. Un pueblito en las frías cumbres del norte boyacense no merecía que los jóvenes de tan desconocido terruño se educaran en un colegio de secundaria; quienes pretendieran hacerlo tendrían que desplazarse hasta la capital de la República o a la del departamento. Para eso, existía un filtro muy eficaz, unos simples papelitos firmados por el gerente del banco de la República. Mi familia jornalera y desposeída de tierras, rara vez podía acceder a tales papelitos.

Sin embargo, por empeño de algunos patricios del partido conservador, preocupados por el atraso en el que la parroquia se encontraba, se logró la fundación del colegio y uno de mis hermanos me forzó a que fuera bachiller. Pero a los cuatro años, después de cursar noveno con muy buenas notas y becado por el concejo municipal, volví a quedar fuera del tablero por cuenta de la Secretaría de Educación del departamento y del respectivo Ministerio Nacional, desde donde se exigía, como requisito indispensable, los laboratorios de física y química para la aprobación de los grados décimo y undécimo.

Ante tal frustración “dios quiso interponer su poderosa ayuda” y me envió a sus emisarios para que con su ejemplo me indujeran en la vocación sacerdotal; pero nuevamente el factor económico hizo imposible que mis bordes fueran pulidos a la medida requerida para el ingreso al Seminario Menor de Duitama.

A pesar de todo, “la divina providencia” no quería desampararme y puso en mi camino a los misioneros claretianos, quienes me ofrecieron gratuidad a cambio de que rompiese todo contacto con mi familia por un año, como prueba de la vocación misional, tiempo que duraba el prenoviciado.

Esta vez fue la pieza la que se negó a entrar en el juego, por más que el armador se empeñara en encontrarle sitio, pues fui yo el que no aceptó al no sentirme capaz de asumir tal compromiso.

«La alternativa del nuevo juego no consistía únicamente en ser diseñador, sino en destruir al existente».

Entonces sucedió lo impensado, más aún, lo inaceptable: me encontré con otras piezas excluidas, que me convencieron de que la solución no estaba en seguir intentando encajar en el rompecabezas que ya estaba diseñado, pues éste ya tenía las piezas completas. Había que diseñar otro donde las fichas en su conjunto tendrían igualdad de oportunidades, en la medida que cada una podría jugar de acuerdo a sus posibilidades, sin que la una fuera más o menos importante que las otras.

El problema radicaba en que los diseñadores del rompecabezas ya existente se oponían a muerte a que apareciera otro donde no hubiera fichas excluidas, por lo tanto, la alternativa del nuevo juego no consistía únicamente en ser diseñador, sino en destruir al existente.

El riesgo, por ende, era inminente: lo lográbamos o perecíamos en el intento. En otras partes del mundo lo habían logrado; otros habían perecido. A pesar de todo, el proyecto era encantador. La lucha era por igualdad de derechos para todos, siendo así, no solo me eché el proyecto al hombro sino también el fusil para conseguirlo.

Sin embargo, me encontré con que en este nuevo tablero también había fichas que no encajaban. Los maricas, por ejemplo. Las mujeres sí, pero de manera marginal. Menos mal no estaba en ninguna de las dos categorías. Ahora bien, me dio por tratar de ayudar a diseñar el panorama de tal manera que esas fichas tuvieran lugar, y en no pocas ocasiones el que casi sale del juego fui yo.

Aun así, me mantuve firme y con la seguridad de que tarde o temprano, tanto el rompecabezas social que intentábamos cambiar, como el nuevo que intentábamos construir, llegarían a aceptar las fichas “defectuosas”. Hasta que un día, los defensores del primero me encontraron y redujeron a un espacio cerrado para castigarme por mi rebelde osadía, pretendiendo con esto obligarme a encajar en su tablero compuesto de piezas de individualismo, egoísmo, ambición de poder, patriarcado, destrucción y saqueo de pueblos y continentes enteros.

De manera que ahora me hallo en el cajón de las fichas que no encuentran lugar en ninguno de los rompecabezas sociales. Aquí unas se afanan por redimirse para ser aceptadas de nuevo, otras seguimos pensando que un nuevo diseño es posible, y otras muchas se dieron por vencidas y se acostumbraron a ser excluidas de todas partes: violadores, drogadictos, asesinos, estafadores, etc. Forman parte de este lastre, con el que tanto tradicionalistas como reformadores no saben qué hacer. Aquellos a los que Marx categorizó como “lumpen-proletarios” y Frantz Fanon llamó “los condenados de la tierra”.

En conclusión, hay quienes no encajan fácil en un rompecabezas diseñado para la perfección. Hay otros que no encuadran de ninguna y ninguna manera.

¿Es el rompecabezas el que está mal diseñado? ¿o somos algunas piezas las que pretendemos que el juego se acomode a nuestra forma? Quizás nos pase lo que a la mosca del cuento Los testigos de Cortázar, que volaba de espaldas ante el asombro de quien la observaba y la incredulidad de quien escuchaba el relato hasta que el segundo concluyó. “Claro que vuela así, pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto”.

Penitenciaria de Máxima Seguridad de Combita. 9 de Agosto de 2019